Especiales
Nací en mayo del 2005, en una Cuba muy distinta a la de mis padres, pero aún así crecí bajo el hechizo de aquellos dibujos animados que trascendieron generaciones. Aunque mi infancia coincidió con el auge de la tecnología, en mi casa seguíamos viendo las aventuras de Elpidio Valdés, ese mambí valiente creado por Juan Padrón. Mis padres me contaban que en su época, esperaban ansiosos la tanda de las seis de la tarde para ver los “muñequitos”.
La Plaza de la Revolución Antonio Maceo, en Santiago de Cuba, es uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, no solo por su valor histórico y político, sino también por su riqueza cultural y arquitectónica. Declarada Monumento Nacional por su excepcional valor plástico y monumental, este sitio está inspirado conceptualmente en un hecho trascendental de la historia de Cuba.
Hace solo unos días, mientras disfrutaba en familia, no pude evitar reflexionar sobre aquellos líderes cuya presencia trasciende el tiempo y se arraiga en el corazón de un pueblo. Entre ellos, la figura del Comandante Fidel Castro Ruz emerge con la fuerza de un huracán que no cesa, no por el ímpetu de la destrucción, sino por la persistencia de sus ideas y la vigencia de su legado.