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Hasta la diplomacia se perdió, ese tapete que durante mucho tiempo ocultó la suciedad de la política norteamericana en sus campañas contra Cuba, fue ignorado por las palabras injerencistas y provocadoras hacia el gobierno de la Isla, dichas por el aspirante a la presidencia de Estados Unidos, Donal Trump.
Por estos días, mi ciudad ha vivido momentos difíciles desde que el domingo 17 de marzo en la tarde, se congregaran frente a la sede de la Dirección Ejecutiva del Distrito #3 Antonio Maceo -ubicada en Carretera del Morro-, un grupo de personas en desacuerdo con la situación electroenergética y la distribución de la canasta básica.
“Me conmovió una historia. La de un señor con más de un año al que nadie visitaba, nos acercamos a él, contactamos con su hijo, quien fue a verlo entonces con merienda, cigarros y aseo personal. Hubo abrazos y besos. Acercamos familia. Queremos en otro momento donarles al centro máquinas e implementos de barbería”.
«Esta es nuestra Revolución, que nadie se equivoque», replicó una enfermera –secundada por una muchedumbre en la parada cercana al Hospital Provincial Saturnino Lora-, a otra que comentaba, con celular en mano, sobre lo acontecido en los alrededores de la Dirección Ejecutiva del distrito Antonio Maceo, y que visiblemente fue distorsionado por los malsanos contenidos –tan invariables como nuestra intransigencia revolucionaria-, que abundan en las redes sociales e internet.
En el salón de enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora, en octubre de 1953, aconteció algo sui generis: los postulados de los manifiestos de La Demajagua (1868) y de Montecristi (1895), programas de lucha de la única Revolución cubana, se fusionaron, ya no en la manigua, sino en la potente voz de Fidel, al pronunciar un alegato de autodefensa en el que se redimía y vindicaba a la Patria ultrajada.