Opinión
Los psicólogos denominan el acto de atribuirle a otros los defectos e intenciones propias como proyección. Algo semejante viene ocurriendo en las relaciones Cuba-Estados Unidos, en los últimos tiempos, en los que el presidente estadounidense Donald Trump ha expresado que la isla es “una amenaza inusual y extraordinaria” para ese país.
En ocasiones, las grandes hazañas se encuentran en el asfalto caliente de la ciudad. Hace unos días, en la céntrica parada de Ferreiro -frente al hotel Las Américas-, mientras decenas de santiagueros luchaban por llegar a sus casas, abordé una camioneta particular que se dirigía a Micro 8. Al llegar a mi destino -la Universidad de Oriente- y preguntar el precio al chofer, este me respondió: “Nada, hermano, es gratis”.
La decisión anunciada este jueves por la Casa Blanca de castigar con una subida de aranceles a los países que exporten combustible a Cuba, sobre la base de extravagantes mentiras, va dirigida a torturar aún más a la población cubana con fines de injerencia, desestabilización, saqueo, cambio de régimen y dominación.
Cuando Cuba padecía bajo la tiranía de Fulgencio Batista, el gobierno de los Estados Unidos decía que vivíamos en un país próspero. Entonces no nos acusaba de violación de derechos humanos ni de falta de democracia ni de tener dictadura. Cuba no era agredida ni bloqueada ni amenazada ni acusada de ser peligro para la seguridad de los Estados Unidos.