Eran tiempos de los apagones y carencias que trajo consigo el período especial. Con la caída del campo socialista, la vida socioeconómica en la isla sufrió un duro golpe, lo que provocó que algunos cubanos se dejaran llevar por los cantos de sirenas.
Un grupo de personas -en su mayoría antisociales- salieron a las proximidades del malecón habanero a exigir violentamente demandas al Gobierno revolucionario, instigados y financiados por el gobierno de Estados Unidos.
Hubo disturbios, saqueos en las tiendas enclavadas en áreas del litoral habanero, robo de embarcaciones, salidas ilegales y como era de suponer el escándalo mediático de los “amigos” del Norte no se hizo esperar ni tampoco la respuesta del pueblo, en la que tuvo un papel protagónico el arrojo de los integrantes del contingente Blas Roca Calderío.
Trabajos periodísticos de la época reiteran que en medio de los disturbios en los alrededores del hotel Deauville, en La Habana, en el momento más peligroso y desarmado llegó Fidel. La multitud se silenció y según reseñan los escritos, más de uno soltó las piedras y fue a verlo, por curiosidad o atractivo.
El grito espontaneo de ¡Viva Fidel! retumbó en toda la ciudad; el Comandante en Jefe se bajó del jeep en medio de la aglomeración y su primera orden para quienes lo acompañaban fue que no debía haber un solo tiro, y que si había un muerto quería ser él.
Y sentenció: “A riesgo de que me pudiera ganar algunas críticas, yo consideré mi deber ir donde se estaban produciendo esos desórdenes. Si realmente se estaban lanzando algunas piedras y había algunos disparos, yo quería también recibir mi cuota de piedras y de disparos. No es nada extraordinario (…) en realidad es un hábito: uno quiere estar allí donde está el pueblo luchando y donde están los combatientes en cualquier problema”, comentó.
Después de 32 años, el pueblo de cubano se mantiene firme ante los intentos de desestabilizar el sistema político que soberanamente hemos construido desde 1959, guiados por el ejemplo de Fidel aquel 5 de agosto, que como entonces, nos impulsa a no claudicar jamás ante el enemigo y a mantener la unidad del pueblo en torno a la Revolución para alcanzar nuevas victorias.