Print this page

La bahía santiaguera, una de las más bellas de Cuba

01 October 2026 Escrito por 

Habíamos acordado hablar de la bahía. Era uno de los temas por abordar aquella noche en que, aun cuando la música sonaba a una cuadra, Fernando Boytel Jambú me invitó a ponerme de pie y pararme como él, marcialmente en atención en el portal de su casa, en calle 8 del reparto Vista Alegre. Hasta que finalizó la marcha patriótica compuesta por Perucho Figueredo estuvimos así. Porque Boytel decía que cualquier cubano, si su oído capta el Himno Nacional, tiene que pararse a saludarlo, solemnemente. Recordé la anécdota, al mirar fotos de la bahía santiaguera que si bien no es tan profunda (unos 27 pies promedio) como la de Cienfuegos (unos 150 pies) ni tan enorme como la de Nipe, en la provincia Holguín (una de las de bolsa más grandes del mundo),en belleza natural la de la Cuna de la Revolución no va detrás de ninguna.

Sin esta rada difícilmente hubiera existido Santiago de Cuba. Ya Cristóbal Colón le “había echado” el ojo al accidente geográfico, cuando en su segundo viaje al “Nuevo Mundo”, en 1493, salen las embarcaciones de La Española (Haití y República Dominicana) a explorar la costa sur de Cuba.

Según Boytel Jambú, el Almirante entró a la bahía con sus carabelas, disfrutó del paisaje, observó las potencialidades del lugar y cuán resguardado era para las naves, echó anclas pero no desembarcaron. Pernoctaron allí, y al amanecer levaron anclas y siguieron su rumbo....     

Más de cinco siglos después se comprende mejor porqué los colonizadores fundaron en el tercer lustro del siglo XVI la séptima villa, precisamente a orillas de la bahía que devino segundo puerto marítimo en importancia del país y con el paso de los años, escenario de un poderoso desarrollo industrial y comercial, a saber:

Por la orilla este, la Zona 2 del puerto, su punto neurálgico, con muelles y enormes almacenes, y un espigón techado (que ya no existe), hasta donde se movían trenes de carga; un área amplísima con grandes tanques para almacenar petróleo y otros combustibles; destilería (producción de alcohol), fábricas de cerveza (Hatuey) y de ron ligero (Bacardí), sistemas de drenes y casa de bombas, esencial para un buen tramo del alcantarillado de la ciudad; el muelle Luz para más movimiento de carga; la Molinera Oriental Sociedad Anónima (MOSA), hoy Molino Frank País, en su momento la industria de su tipo más grande del subcontinente; el embarcadero de minerales ferrosos traídos desde Firmeza y Juraguá, en el este de la ciudad, por medio de un tren que después de pasar Altamira se introducía varias decenas de metros sobre el mar, tramo que popularmente se conocía como “el puente de la mina”. Ya en desuso la vía ferroviaria y antes del triunfo de la Revolución, quedaban vestigios: anchos, sólidos y enormes pedestales de hormigón emergían aun de las aguas de la bahía, y también algunas armazones de metal que entonces se convirtieron en improvisado trampolín para los “clavadistas” más osados. Nunca alguien confirmó si era cierto el caso de un bañista que al lanzarse desde el “puente de la mina” quedó clavado en hierros punteagudos, sumergidos tras algún derrumbe de la vía. Un poco más hacia el sur estaban las instalaciones de un varadero que sería luego el astillero “Joaquín Díaz Cominches”. Y como “cierre industrial” por el este, la fábrica de cemento Titán, posteriormente la “José Mercerón Allen”, siempre con su estela de humo blanco saliendo por las chimeneas, que algunos aseguran eran partículas residuales de la producción, que llevadas por viento iban a dar a Jamaica.

Exactamente en el norte, al final de la bahía, distante unos ocho kilómetros de la “boca del Morro”, está otra zona del puerto que conocíamos como “el malecón”, donde siempre atracaban unos buques con la inscripción “Likes Lines” en su popa. Ese sitio es hoy la terminal de contenedores.

En la orilla oeste y noroeste hay otras industrias, por ejemplo de elementos prefabricados de viviendas, de piezas de asbesto cemento; el llamado “puerto chino”, lo más recientemente construido en el entorno de la rada, con sus grúas pórtico que desde la ciudad parecen jirafas; están las instalaciones frigoríficas de la pesca y del Mincin. A propósito, el de la pesca tiene un formidable espigón, construido por Obras Marítimas. Esos trabajos los dirigió el entrañable Guillermo Pérez quien se vanagloriaba por estar haciendo "medio kilómetro de muelle dentro del mar”. Por esa zona se levantó también, el ”petroquímico” anexo a la refinería, esta última hasta poco después del triunfo revolucionario era la Texaco con su torre (para quemar gases sobrantes de la refinación) casi siempre coronada por una llama que en las noches resplandecía más y se reflejaba en el mar. Le pusimos “el mechón de la refinería”. Los grandes la hacían con los pequeños: “No pueden dejar de mirarla porque se apaga y todo se llena de humo”. Entonces, aquellos niños inocentes se sentaban en la orilla del mar, en Los Cangrejitos, absortos en la llama en la distancia.

Como se infiere, lo más trascendental del desarrollo industrial de Santiago de Cuba siempre ha estado vinculado a la bahía, en todas las épocas; también lo están sitios históricos, fortificaciones... dicen que esta fue la bahía mejor defendida de hispanoamérica, en la etapa colonial. Y están los lugares para el esparcimiento de la población que completan la imagen de la rada, pero son temas para otro momento.  

Una obra artística bien pintada será aún más hermosa si se coloca en un marco tallado y laqueado. Así ocurre con nuestra bahía: es bella pero más todavía por encontrarse en el entorno de las montañas de la sierra Maestra, algo que no tienen otras radas de bolsa cubanas. La de aquí es tan pintoresca, que las referencias a sus detalles se antojan inacabables. Solo algunos ejemplos:

Tiene una “boca” o entrada-salida tan sumamente estrecha (apenas 300 metros), que algunos intrépidos, aun la posibilidad de cruzarse con algún tiburón, se lanzan al mar en Ciudamar y luego saludaban desde La Socapa, al otro lado; está Caracoles, donde a orillas del mar, inexplicablemente, se daban frutas gigantescas, totalmente desproporcionadas de las normales: guayabas del tamaño de un balón de futbol; papayas, naranjas... nunca encontramos una explicación científica en aquellas exageraciones frutales; está la desaparecida Piedra de los Compadres, con su leyenda de duelo a muerte; y ¿por qué se llamara Cinco Reales a un lugar en la orilla este, cerca de Punta Gorda?; ¿Será verdad que el hoy Cayo Granma, entonces Cayo Smith, servía de refugio a contrabandistas que traían esclavos desde África, y en el pequeño islote frente al Morro, esperaban que los precios “de la mercancía” subieran en la distante ciudad..? Está Cayo Ratones, donde estuvo el polvorín de los españoles, quizás llamado así por la población de roedores. Singular y pequeñísima isla, emergida solo a decenas de metros del borde del canal por donde transitan los buques...

Es como nunca acabar con las referencias, historias y leyendas de la bahía de Santiago de Cuba, de entre las de bolsa (Cabañas, Cienfuegos, Mariel, Nipe, Puerto Padre y Bahía Honda), y por sus encantos naturales, una de las más hermosas del país.

 

0 Comment 1186 Views
MSc Miguel Angel Gainza Chacón

Email This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Más artículos de este autor: MSc Miguel Angel Gainza Chacón

We use cookies to improve our website. Cookies used for the essential operation of this site have already been set. For more information visit our Cookie policy. I accept cookies from this site. Agree