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De mi Santiago... La Lupe.

03 November 2026 Escrito por  Roberto Peña Alvarez.

En la historia musical cubana hay artistas que cantan y otras que arden. La Lupe pertenece a esa estirpe extraña de mujeres que no interpretan una canción, sino que la habitan, la desgarran y la devuelven al mundo convertida en una experiencia física, casi violenta.

Nacida en el barrio santiaguero de San Pedrito, Lupe Victoria Yolí Raymond —conocida por todos como La Lupe, La Yiyiyi o La Reina del Soul Latino— fue un huracán con voz y una santiaguera que lleva el fuego de esta tierra ardiente hasta los escenarios más importantes de Nueva York .

La Lupe, desde niña fue inquieta, simpática, “un poco loquita” según quienes la conocieron, y ya entonces decía que quería ser artista, cantante, bailarina.  Su padre soñaba con verla convertida en maestra, una profesión respetable y segura. Y ella, para complacerlo estudió magisterio, pero el escenario la llamaba con una fuerza que ninguna aula podía contener.

Su primera rebelión ocurre a los diecisiete años, cuando se fuga de la escuela para participar en un programa de aficionados en CMKC Radio Revolución. En esta oportunidad imita a Olga Guillot con “Miénteme” y ganó el primer premio. Aquel episodio marca quizá el inicio de una carrera que no se detiene.

En 1955 la familia se traslada a La Habana y ella comienza a cantar en locales nocturnos, primero con el Trío Tropicuba —junto a su entonces esposo Eulogio “Yoyo” Reyes— y luego como solista en La Red, un sótano del Vedado que se convirtió en el altar de su consagración .

Fue en La Red donde La Lupe se transforma en toda una leyenda. Su estilo no se parece a nada que se hubiera visto antes en Cuba, porque junto al canto, gemía, gritaba, imprecaba, se quitaba los zapatos, se pegaba a las paredes como una hiedra, se tiraba del pelo y, en ocasiones, arremetía contra su propio pianista. Un periodista de la época la describió como “un temblor demente, una incursión trepidante, un verdadero ataque” .

El mismo Ernest Hemingway, que la vio actuar, la llamó “la creadora del arte del frenesí”. Jean-Paul Sartre dijo que era “un animal musical”, y no era para menos. En una época en que el bolero se interpretaba con una elegancia contenida, La Lupe lo despojó de toda formalidad y lo sumergió en el barrio, en la santería, en el desgarro de una mujer que cantaba como si se le fuera la vida en cada nota.

Sin embargo, no todos celebraban su arte. Una parte de la crítica y del público la consideraba un fenómeno “clownesco” y “esquizofrénico”. La tildaban de “barriotera” y de “amenaza pública” . Pero ella siguió adelante, ajena a los juicios, firmando con RCA Victor y recibiendo un Disco de Oro en 1960, en ceremonia celebrada en el mismo club La Red, junto a figuras como Benny Moré y Pacho Alonso. Su primer disco, “Con el diablo en el cuerpo”, contiene versiones de rock y baladas que ella reinterpreta a su manera, siempre a su manera, porque nadie podía domesticar su estilo.

Tras el triunfo revolucionario, y la nueva política cultural, el estilo agresivo de la Lupe no coincide con el arte que se busca en la nueva sociedad. En 1962, con un contrato facilitado por un empresario italiano, viaja a México y de allí a Miami, para establecerse finalmente en Nueva York en 1963. En ese entonces tenía veintiséis años, estaba sola y prácticamente en bancarrota, pero ya era una leyenda en su tierra.

Por suerte, Nueva York la recibió con los brazos abiertos. El conguero Mongo Santamaría la incorpora a su banda y grabaron juntos “Mongo Introduces La Lupe”, un disco que la enfrentó de lleno a la música afrocubana y al jazz. No obstante, fue su encuentro con Tito Puente lo que la catapultó al estrellato internacional.

Juntos grabaron una serie de álbumes —“Homenaje a Rafael Hernández”, “The King and I”, “The Couple”— que la convirtieron en un fenómeno de masas . El ingeniero de sonido Fred Weinberg recordaba aquellas sesiones como un torbellino: “Era como un huracán. No había dos tomas iguales” . Canciones como “¿Qué te pedí?”, “La tirana” —compuesta por Tite Curet Alonso— y “Fever” se convirtieron en himnos de una generación que encontraba en su voz una forma de catarsis colectiva.

Su fama llegó a ser comparable, y en algunos momentos superior, a la de Celia Cruz. Pero el éxito no fue benévolo con ella. Su vida personal era un desastre total. Su segundo esposo, Willie García, desarrolló esquizofrenia y ella gastó fortunas en tratamientos médicos; sus finanzas se desmoronaron; su afición a la santería la puso en manos de “mayores” que abusaban de su confianza y de su dinero. A finales de los sesenta, la llegada de Celia Cruz a la Fania All Stars cambió el panorama. La disquera, que había comprado Tico Records, decidió apostar por Celia y dejar a La Lupe en un segundo plano.

Las décadas siguientes fueron una sucesión de golpes: la muerte de su esposo, un accidente que la dejó paralítica, un incendio en su casa, la pobreza. En los ochenta, tras un milagro que ella atribuyó a un predicador evangélico, se convirtió en pastora y dedicó sus últimos años a contar su historia en iglesias, lejos de los reflectores que antes la adoraban . Murió el 29 de febrero de 1992 —o el 28, según otras fuentes— en el Bronx, a causa de un infarto fulminante. Tenía cincuenta y seis años, aunque su acta de nacimiento y su lápida nunca terminaron de ponerse de acuerdo .

Pero la muerte, como supo demostrar, no era el final. Pedro Almodóvar incluyó su versión de “Puro teatro” en la banda sonora de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y, sin proponérselo, devolvió a La Lupe al imaginario colectivo de una nueva generación . En 2002, la ciudad de Nueva York bautizó una calle del Bronx como “La Lupe Way”.

La Lupe fue, en palabras de Guillermo Cabrera Infante, “un fenómeno fenomenológico”. En ella habitaron  Edith Piaf, Janis Joplin y Aretha Franklin en una sola mujer, con un toque de locura. Le corresponde el mérito único de ser la santiaguera total, y sin dudas, orgullo de mi Santiago.

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