En el cariño de muchos

08 تشرين2/نوفمبر 2026 Escrito por 

Con el orgullo de quien ha sido parte de la historia, el veterano combatiente Santiago Mock Maymir, el chino Mock, relata a sus nietos de las siete veces que estuvo cerca del Comandante en Jefe Fidel Castro.

Cuenta con los ojos iluminados y lo evoca desde la altura del Turquino, alentando a jóvenes cinco picos; en la inauguración del policlínico de El Uvero, en las serranías de Guamá; en un congreso de jóvenes militantes y elogia agradecido su prodigiosa memoria en cada encuentro: “¿Y tú que haces aquí?”. Dice, mientras saborea el privilegio, y su historia deja claro que en la suya, como en la de muchos que atesoran experiencias cercanas a Fidel, continúa latiendo lo más genuino del hombre que hizo de esta Isla un referente de resistencia, soberanía y dignidad.

Fidel tenía el don de tocar vidas, de entrar en ellas e impactarlas con un gesto, una pregunta, la mirada penetrante, las palabras precisas. Por eso no es difícil encontrarse con personas que le recuerdan con la calidez de un familiar cercano.

Y es que, el imaginario de quienes llevan la marca de haber vivido el tiempo de Fidel, estará siempre arropado por el influjo de sus acciones y el eco popular: “Si Fidel se entera, “si Fidel te lo prometió, lo cumple”, “ahorita aparece Fidel”, “qué dirá Fidel” o la enfática añoranza en la hora actual, tan tensa: “¿qué habría hecho Fidel?”

En generaciones de cubanos pervive su huella: la del jefe exigente y justo, preocupado por los grandes y pequeños detalles; el estratega que calculaba cada paso, el ser humano capaz de vislumbrar la victoria aún en medio del aparente revés; la del héroe que aparecía cuando más el pueblo lo necesitaba.

Así lo siente la abuela Naidelena, mulata y de pocos estudios. Fidel fue la mano bienhechora que le devolvió la cobija cuando aquel ciclón arrasó sus días. “No te quedarás en la calle”, relata que le dijo y la salvó en la peor tormenta de su vida.

Por eso todos los 25 de noviembre o 4 de diciembre la que salud se lo permite, pasa ante la piedra con una foto prendida en su pecho: “por todo lo que hizo por los humildes como yo”, recalca. En un mundo donde falta empatía, su ejemplo es brújula, acostumbra a decir a sus alumnos Joel, un experimentado maestro palmero. “Fidel creía en las personas, y eso no lo podemos perder”.

Brújula y camino

Con muchos años menos, pero hermanado en la admiración, el joven profesor de la Universidad de Oriente (UO), Enrique Estrada Pato, enarbola la satisfacción de ser parte de esas generaciones que alcanzaron a ver a Fidel desenvolverse como estadista, dirigente preocupado por el bienestar de su pueblo.

La mirada del niño de 11 años que era entonces, quedó atrapada en aquella conmemoración del 26 de julio de 2006 en Granma y Holguín, que constituyó su última aparición en concentraciones de este tipo y el recuerdo se lo trae apegado a la tradición de todo un país frente al televisor, para atender lo que intentaba transmitir en aquellas intervenciones de horas.

“Vimos un Comandante entrado en años, pero lúcido, con una energía vital y una capacidad de liderazgo que imantaba”, enfatiza desde la emoción.

Estudiaba en la UO cuando la trágica noticia del deceso del Líder sacudió a la comunidad universitaria. Puede revivir el espontáneo ir y venir de todos, unidos en el dolor y el fervor de que había que honrar a Fidel.

Desde entonces, como muchos de sus coetáneos, ha perdido la cuenta de las veces que ha recorrido los casi tres kilómetros que le llevan hasta la necrópolis Santa Ifigenia para rendirle tributo. Disfruta especialmente cuando aquel icónico mar de 90 fotos ilustrativas de las disímiles facetas de la vida de Fidel –que ya identifican a la UO-, empuñadas por universitarios, toma las calles santiagueras.

Para él está muy claro que el Comandante en Jefe también palpita en esa juventud, que si bien no compartió su tiempo, ha hecho de la consigna Yo soy Fidel una marca de su generación.

Más allá de la rutina de llevarle flores en una efeméride o de descubrir su obra en algún coloquio académico, asegura que la continuidad de la vida de Fidel está en el triunfo cotidiano de sus ideas, es ese el mayor monumento a su existencia.

A las generaciones que le sintieron cerca, afirma, Fidel les dejó el reto inmediato de transmitir su legado monumental a los más jóvenes; los que no tuvieron la oportunidad de acompañarlo en la plaza o verlo en vivo en la televisión.

“Tenemos que seguir acercándolo a los más nuevos, para evitar que la brecha natural que impone el tiempo, nos aleje de él”.

En el difícil contexto actual, asevera, el Comandante es más que nunca esencia vital, brújula moral y paradigma. “Es el símbolo de la Revolución, pero también emblema de resistencia: es la imagen del Líder erguido frente a las dificultades, encabezando a su pueblo y resistiendo victorioso, el bastión de firmeza al que apelar cuando creamos que nos fallan las fuerzas y la fe en la victoria”.

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Odalis Riquenes Cutiño

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