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El Che, la unidad y el futuro

04 October 2026 Escrito por  Odalis Riquenes Cutiño

El 3 de octubre de 1965, entre los aplausos de los presentes en el entonces teatro Chaplin, actual Karl Marx, Cuba asistió a la consumación de la unidad, esa que es hasta hoy tabla salvadora y niña de los ojos de nuestra Revolución.

No sin pocos enfrentamientos, luego de un intenso y hasta conflictivo proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias que habían llevado al triunfo de enero de 1959, en aquella sesión crucial, el primer ministro Fidel Castro Ruz anunció que el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) adoptaba el nombre de Partido Comunista de Cuba y daba a conocer la composición de su primer Comité Central.

Se sellaban seis años de empeños en los que las concepciones políticas que sustentaban las transformaciones iniciadas en 1959, debieron convencer al pueblo, hombro a hombro, en vínculo estrecho desde las más disímiles tareas, de la valía de su apuesta por la justicia social junto a los humildes.

Fieles a la tradición heredada, de que solo desde la cohesión era posible el logro de los intereses nacionales, en 1961 se habían creado las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI): conformadas por el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, liderado por Fidel; el Partido Socialista Popular (PSP), cuyo secretario general era Blas Roca, y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, dirigido por el Comandante Faure Chomón.

Con ese impulso vital y tras vencer errores de sectarismo por parte de miembros de la dirección del antiguo Partido Socialista, que intentaron relegar dentro de las ORI a todo el que no fuera miembro de esa organización, el 26 de marzo de 1962, como una nueva etapa en la concreción del Partido Unitario de la Revolución, se decidió transformar aquella estructura desde la base. Así se inició la construcción del Partido Comunista de Cuba.

Por eso, en la solemnidad de aquella noche del 3 de octubre, Fidel no dudó en calificar lo que acontecía como “uno de los pasos más trascendentales en la historia de nuestro país, (…) el momento histórico en que las fuerzas unificadoras fueron superiores a las fuerzas que dispersaban y dividían”.

Con ese alto grado de cercanía y organización en torno a las ideas revolucionarias, como quien siembra una semilla y la protege de egoísmos y amenazas, quedó constituido el nuevo Comité Central (CC), que estuvo integrado por cien compañeros, representativos de la historia más reciente del país.

Al frente de aquel CC estaba el Buró Político que integraron Fidel, Raúl, Osvaldo Dorticós, Juan Almeida Bosque, Ramiro Valdés, Armando Hart, Guillermo García y Sergio del Valle Jiménez.

“No hay episodio heroico en la historia de nuestra patria en los últimos años que no esté ahí representado; no hay sacrificio, no hay combate, no hay proeza —lo mismo militar que civil— heroica o creadora que no esté representada”, argumentaría Fidel.

Y esa representatividad, que desde entonces es sinónimo de las estructuras partidistas, baluarte y crisol de nuestra unidad, es también herencia alta de aquel 3 de octubre para el presente y futuro de Cuba.

Los dos primeros acuerdos de aquel Comité Central aclamado de forma unánime, fueron tomar el nombre de Partido Comunista de Cuba, y fusionar los periódicos Revolución y Hoy, para crear uno nuevo que llevaría el nombre de Granma, “como símbolo de nuestra concepción revolucionaria y de nuestro camino”. Octubre concretaba el liderazgo explícitamente comunista de la Revolución cubana.

Pero el comunista Che, que vivió intensamente la fusión de las organizaciones revolucionarias, uno de los constructores del PURSC, no estaba entre los miembros del nuevo Comité Central.

Desde meses antes el pueblo notó su ausencia. También el enemigo, que propagó rumores de todo tipo, entre ellos el de que había sido asesinado por sus propios compañeros. Por eso a la hora de constituir al Comité Central era preciso frenar las calumnias, urgía explicar por qué el Comandante Ernesto Guevara no estaba en sus filas.

En realidad, el Che estaba al frente de un destacamento internacionalista en el Congo belga, junto a los seguidores del asesinado primer ministro Patricio Lumumba: “Hay una ausencia en nuestro Comité Central -dijo Fidel- de quien posee todos los méritos y todas las virtudes necesarias en el grado más alto para pertenecer a él y que, sin embargo, no figura entre los miembros de nuestro Comité Central”.

Con la voz entrecortada por la emoción y en medio de una indescriptible tensión dramática, Fidel dio lectura entonces a la Carta de despedida del Guerrillero Heroico, entregada desde abril de 1965, en la que con 605 palabras el Che sintetizaba sus vínculos con Cuba durante casi diez años, sus fraternales relaciones con el líder revolucionario y con un pueblo que, reconocía: “ya es mío”.

Otras tierras del mundo “reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”, cuentan que el mítico Guerrillero escuchó por la radio, en medio de la selva húmeda y cómplice, decir al hombre que había acompañado desde México en jornadas de combates y victorias.

Quienes le seguían en tierras africanas aseguran que no hizo gesto alguno, pero sin dudas, su corazón anduvo a galope, línea a línea, aquellos largos ocho minutos, que entre la emoción y la expectativa, duró el repaso del texto, en cuyos trazos irregulares entregaba lo mejor de sus sueños de revolucionario, su estirpe de hombre cabal, su talla de dirigente y padre amoroso.

A 61 años de aquella jornada de emociones y admiración, el 3 de octubre de 1965, nos invita a continuar defendiendo la unidad y el ejemplo del Che, como valiosos tesoros, en abrazo apretado de pueblo.

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