Santo Domingo 2026 se convirtió en la tercera ocasión –en cien años– en la que Cuba perdió tres partidos en un mismo torneo (1946, 1962 y 2026). Más grave aún: de las 21 derrotas históricas que acumula el beisbol cubano en estas lides, siete se han producido en las últimas tres ediciones (Barranquilla 2018, San Salvador 2023 y Santo Domingo 2026).
Es decir, un tercio de todos los descalabros de nuestra historia se concentran en apenas ocho años. Por primera vez, Cuba enlaza tres torneos centroamericanos consecutivos perdiendo más de un juego.
Tras el choque decisivo por el bronce, la imagen sobre el diamante fue la de una novena desarmada. El pitcheo abridor colapsó temprano, la defensa cometió pifias costosas y la artillería se mostró inerte ante un rival borincano que conectó imparables y dos racimos letales de cuatro anotaciones.
En la zona mixta, el mánager Germán Mesa asumió la responsabilidad con entereza: «Como vieron, el pitcheo no cumplió su encargo ni la defensa ayudó. Cuando fallan esos dos renglones es imposible ganar. Siempre hay una primera vez para quedarse fuera del podio y me tocó a mí. Pero si hoy me pidieran armar la nómina de nuevo, volvería a escoger a los mismos peloteros».
Sería injusto culpar a los jugadores o al cuerpo técnico por el fracaso. La entrega y el deseo sobre el terreno estuvieron presentes por arrobas. El problema es mucho más profundo y urgente: como reza un refrán popular, «no se pueden sembrar boniatos y pretender cosechar aguacates».
La actuación de la selección nacional en los torneos internacionales es la radiografía exacta del estado actual de nuestra Liga Doméstica. El torneo centrocaribeño, que en décadas pasadas representaba un paseo para Cuba, hoy exige un rigor técnico, una profundidad en el pitcheo y una velocidad de juego que nuestra estructura interna simplemente no está generando.
En apenas unas semanas se cantará la voz de play ball en la 65 Serie Nacional de Beisbol. Los estadios volverán a recibir a los públicos, las pasiones provinciales se encenderán y la narrativa cotidiana intentará envolvernos en la ilusión de que todo está bien. Pero no nos engañemos.
Si el beisbol cubano pretende salir de esta compleja situación, la venidera Serie Nacional no puede ser otro torneo de trámite en el que se justifiquen la baja calidad del pitcheo, las deficiencias técnicas y la falta de pensamiento táctico bajo el manto de la pasión popular.
Necesitamos nuevas concepciones del entrenamiento en las categorías inferiores y el rescate del pitcheo con herramientas biomecánicas modernas, hasta la reestructuración de un torneo doméstico que concentre verdaderamente la calidad y prepare al atleta para las exigencias del beisbol internacional de hoy.
Los rivales de la región –Puerto Rico, Nicaragua, Panamá, la propia República Dominicana– ya no le temen a la selección de las cuatro letras ni a la historia de un equipo que dominó a placer este deporte por mucho tiempo. Ellos juegan al beisbol, ajustado a las métricas actuales y al oficio profesional.
Santo Domingo 2026 nos dejó un aviso contundente. Seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes es una irresponsabilidad con la historia del deporte que late en el corazón de todo un país.
Si la 65 Serie Nacional no marca el punto de partida para una revolución profunda en nuestra pelota, la caída libre continuará, y el abismo será cada vez más profundo.