El doctor Ernesto Terrero Torres, residente de tercer año de la especialidad en Neonatología, resume sin dramatismos lo que Cristian padeció: “Hizo prácticamente todas las complicaciones del recién nacido prematuro. Tuvo una desnutrición proteica severa, estuvo complicado con bacterias como la Klebsiella, una de las que lo atacó y que produjo, además de esa desnutrición, la ictericia neonatal, hemorragia pulmonar y en otras áreas”.
La Klebsiella pneumoniae es, en efecto, uno de los patógenos nosocomiales más temidos en las unidades de neonatología y cuidados intensivos. Un estudio realizado en hospitales pediátricos cubanos confirmó que esta bacteria, junto al complejo Acinetobacter, muestra una elevada resistencia antimicrobiana y constituye “un peligro potencial en servicios pediátricos con escasas opciones terapéuticas”. Cristian no solo sobrevivió a la prematuridad y a la desnutrición severa: sobrevivió a una infección hospitalaria de alta letalidad.
“Todo el mundo se volcó hacia él”
Al contestar sobre la atención que recibió el bebé, el doctor Terrero no duda: “Con este niño, todo el mundo se volcó hacia él. Médicos, enfermeras, todos cooperando porque en nuestro programa es fundamental esa nueva vida. Nosotros tenemos esa gran sensibilidad cuando hay un niño crítico; no descansamos. Eso es lo fundamental de la guardia: hacia ahí nos dirigimos y hacia ahí nos enfocamos todos”.
Esa filosofía de trabajo -la guardia que se concentra en el paciente más grave, que no descansa hasta estabilizarlo- es la que permitió que Cristian atravesara episodios que, en otros contextos, habrían sido fatales. El doctor lo describe con la naturalidad de quien ha interiorizado que la gravedad extrema es parte de su rutina: “Es nuestra responsabilidad en casos así”.
“Siempre un poquito de fe”
La relación con la familia fue, según el residente, un pilar del proceso. Los padres de Cristian, procedentes de Palma Soriano, se mantuvieron junto a su hijo durante los aproximadamente cuatro meses que duró la hospitalización. “Se han inmolado de manera sobrenatural -relata-. La mamá estuvo desde su ingreso aquí en nuestro hospital junto con el papá, que tampoco faltó a una entrevista.
“Nosotros siempre colaboramos, brindándoles toda la información posible, hablándoles claro, real, conciso de la situación en que se encontraba su niño. Siempre les brindamos un poquito de fe. Si nosotros, primeramente como médicos, perdemos la fe… no sé qué pudiéramos decir. Y ellos siempre se mantuvieron creyendo hasta el final”.
Esa confianza mutua se sostuvo sobre una comunicación transparente, en la que el equipo médico no ocultó la gravedad pero tampoco renunció a la esperanza. “Tanto que lo logramos” -celebra Terrero-.
La meta cumplida
El momento que condensa el sentido de todo el esfuerzo. “De aquí logramos sacar un niño totalmente diferente al del nacimiento -afirma el médico, y su voz cambia-. Una nueva vida, una nueva esperanza. Y eso es una de las cosas más lindas que tiene nuestra especialidad: cuando logramos ese objetivo de ver a una madre irse con su bebé en brazos”.
El doctor Ernesto se despide con la satisfacción que trasciende lo profesional. Detrás de esa alegría está el peso de días de guardia, de noches sin dormir, de decisiones al límite, de una familia que nunca dejó de creer y de un niño que, contra todas las probabilidades, hoy está en brazos de su madre.