Transcurría el año 1986 cuando mi tío, que no alcanzaba los 20 años y su peso corporal no llegaba ni a las 130 libras, cumplía misión internacionalista en Angola, en la guerra; mi abuela se pasaba los días con la esperanza de sentir el silbido del cartero, quien al menos una vez al mes nos hacía llegar el tan esperado sobre.