En realidad, el magnífico ejemplar de tiburón toro de unos tres metros de largo no atacó a los pescadores sino que quiso hacer un festín con los dorados y otros peces “enganchados” en el palangre. Y para desgracia de los tres hombres de mar, el escualo se enredó en el arte de pesca y ofrecía la posibilidad real de ser capturado.
Amaury no lo pensó dos veces: cuando lo tuvo a mano lo atravesó con una suerte de arpón hecho artesanalmente de una cabilla, cuya punta al clavarse en la anatomía de cualquier espécimen y con el impulso, arrastra hacia atrás la argollita que libera una “mariposa” y esta al abrirse traba la fija en la pieza y permite la caza. Ahí comenzó la odisea para Amaury Martínez, Rey Santiesteban y Yoandri López.
El pasado día 11 de junio, alrededor de las 10:00 horas, tres pescadores realizaban su faena habitual a bordo de la embarcación “Primer Frente”, de unos cinco metros de eslora, 1,5 metros de manga, y un metro más o menos de puntal, del tipo conocido popularmente como chernera, con un motor bastante nuevo.

Habían calado el palangre unas cuatro millas mar afuera, a la altura de una zona entre la playa de Caletón Blanco y Boca de dos ríos, en el litoral al oeste de Santiago de Cuba.
Amaury es el patrón de la nave y Rey y Yoandry son los marineros. Tienen un contrato con Pescasán (entidad que comercializa la pesca) mediante el que entregan mensualmente alrededor de unos 800 kilogramos. Radican en el poblado de Aserradero y pertenecen a la Base de Pesca del mismo nombre.
El “Primer Frente” es una embarcación arrendada, que estos pescadores prácticamente construyeron y dejaron como nueva, a partir de un casco viejo. Navega bien pero quizás el poco puntal hace que se vire con facilidad.
“Aún de noche nos dimos a la tarea de acumular carnada y luego de preparar el palangre de unas decenas de metros de largo lo calamos y esperamos. A eso de las 10 de la mañana empezamos a revisarlo. Vi algunos dorados pero la rigidez del palangre y varias boyas unidas nos alertaron de que ahí había un pez grande.
“Nos acercamos y es cuando yo veo al tiburón toro de más de tres metros de largo. Lo dejamos solo en el bajante. Podíamos haberlo liberado pero bueno… Cogí el arpón, le puse una soga nueva, me paré en la proa del bote… Yo vi cuando la varilla atravesó al animal.
“Cuando eso ocurre en el 100% de los casos la pesca es segura. Me confié. El animal empezó a luchar por su vida. Él se estaba defendiendo y en una pasó por debajo del bote… Fueron fracciones de segundo. Como un relámpago la embarcación se viró. Yo caí encima del tiburón; Rey tenía todavía la soga en la mano. Le dije mil cosas para que la soltara. A pesar de todo sabíamos que el bote se iría a pique.
“Como era una soga nueva y larga, yo había hecho tres rollos, unidos entre sí. Quizás alguno se trabó en algún lugar del bote, cuando el arpón ya estaba clavado en el tiburón, que halaba fuerte fuerte.
“Logramos sacar dos salvavidas, desarmé la nevera de ‘poliespuma’, y cada uno de nosotros cogió un pedazo a modo de flotador para descansar, y nos alejamos rápido. Vimos como el bote se hundió. Por momentos volvía a salir la proa.
“Empezamos a nadar. Serían como las 10 de la mañana. El mar estaba en calma. Nadábamos hacia donde pensábamos que nos podíamos salvar: la orilla. Después que llevábamos como tres horas braceando vimos a lo lejos una embarcación y nos dirigimos hacia allí pero de momento no la vimos más. Nunca perdimos la esperanza pero ya teníamos la boca inflamada, quemada. Estábamos cansados. Fue terrible estar solos en el mar sin saber…
“Seguimos nadando hasta que bien lejos vimos otra embarcación. Cuando el movimiento del mar me subía yo le veía un color azul y me dije: ‘Si le veo el color es porque está cerca’. Se lo comenté a mis compañeros y enfilamos hacia allá. Era ‘La Porteliña’, un bote similar al nuestro, de Rodolfito y Tonito. Estaba frente a nosotros. Yoandri, que es el más joven de nosotros pues tiene 30 y pico de años, quería gritar pero le dije que aún estaba muy distante, que no lo iban a oír y perdería fuerzas. Seguimos nadando, entonces mi compañero empezó a gritar y a levantar el trozo de poliespuma hasta que nos vieron.”
Serían cerca de la cinco de la tarde. Llevaban siete horas luchando con el mar y este ‘jugando’ con sus vidas.
“Siempre hemos sido luchadores. Sabíamos que si no luchábamos sería el fin. Pero tenemos disposición y por eso le puedo hacer esta historia.”
Mientras nadaban jamás dejaron de pensar en que el tiburón podía regresar a atacarlos. Y eso los impulsaba a alejarse. Tuvieron suerte. Si lo ocurrido con el escualo sucede de noche quizás ni desde “La Porteliña” lo hubiesen divisado. Una vez más se materializó lo que viejos “lobos marinos” aseguran: ‘la mar es impredecible hasta para los más avezados marineros’.
Amaury con sus 42 años y una larga experiencia como pescador, está seguro de que el enorme tiburón debe haber muerto. Él lo atravesó de lado a lado. Lo vio con sus ojos. El bote quizás nunca se separó del animal.
Ahora en el minúsculo poblado costero de Aserradero, bien cerca del mar y junto a la carretera Granma que une a Chivirico y Santiago de Cuba, hay un nuevo tema de conversación para ilustrar las tardes y las noches. Mil historias comenzarán a tejerse alrededor de las anécdotas de Amaury, Rey y Yoandry, y como siempre pasa en estas cosas marineras, cada quien le irá sumando de su fantasía.
Por lo pronto, no se hace difícil localizar a estos hombre: Ud. llega al caserío y pregunta por el patrón y los marineros del “Primer Frente”… o a lo mejor Vilma Rodríguez, la agente telefónica en el poblado, lo ayuda a encontrarlos en este sitio entre la Sierra Maestra y el Mar Caribe, donde ya aseguran que Amaury, Pulla y Rey no “se salvaron en tablitas” sino que “se salvaron en poliespuma”.