Palma Soriano.- Es la familia la institución que acompaña al hombre a lo largo de su vida, desde que nace hasta la que él mismo conforma luego durante su adultez.
Hábitos, modos de conducta y formas de expresión, se inculcan desde las primeras edades, para luego tener sus reflejos al iniciarse la etapa escolar. Es aquí donde pueden generarse algunas contradicciones, sobre todo a la hora de evaluar si se han cimentado en el pequeño las bases para su correcto desarrollo.
Es en este momento cuando se vuelve indispensable la relación efectiva que debe existir entre ambas instituciones, con una doble proyección. La escuela encaminándose hacia el seno del hogar para conocer sus formas de crianza, valores, costumbres, normas y sentimientos y orientar así a los padres, en el empeño de lograr en sus hijos la continuidad y su crecimiento personal. Del otro lado, la familia, ofreciendo al centro estudiantil el apoyo, la información y la apertura de las potencialidades educativas que posee.
Siempre la familia espera de la escuela una educación esmerada, que le permita al niño transitar con seguridad por el camino de la vida. Por su lado, la escuela aspira que en el espacio doméstico se coopere activamente con el desempeño escolar, sus tareas y objetivos, confiando en obtener así, el resultado esperado por ambos. Sin embargo, sólo el proceder conjunto de estos dos agentes, será capaz de generar en el niño, aquellas formas de expresión adecuadas al contexto social en el que vive.
Si la familia brinda al niño las primeras herramientas para la construcción del hombre del mañana, de la mano de la escuela se convertirá sin dudas en la gran obra del presente.