Como Maceo, por la Patria

Categoría: Historia
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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antoniomaceoAlguna pieza clave de la genética debía fluir en la sangre de los hijos de Mariana Grajales, pues ninguno salió traidor ni apátrida ni cobarde. Ni los que tuvo con su primer esposo ni los que tendría luego con el también bravo Marcos Maceo. Antonio, el Titán de Bronce, fue la evidencia clara.

Se le conocía por valiente. El enemigo se burlaba constantemente de él, pero en el campo de batalla, cuando se sentía demasiado cerca del indomable mambí, temblaba de miedo.

Nunca cejó en la lucha. Se casó con una mujer que estaba a su altura en coraje. Se enfrentó al racismo entre los mismos cubanos que luchaban por la abolición de la esclavitud y por hacer un país nuevo. Ante la envidia y estupefacción de unos cuantos, aquel hombre de color seguía subiendo en grados, y superó a muchos de ellos. Fue justo pero severísimo con las faltas de sus subordinados. Respetó a sus jefes.

Cuando Martínez Campos pidió parlamentar, Maceo ya sabía por dónde iba el asunto, pues los rumores habían llegado a su campamento. El Titán, orgulloso, vio que sus hombres estaban a su altura. Todos dijeron “¡No!” ante la paz injuriosa, distinta a todo por lo que estaban luchando. Martínez Campos era un hombre muy astuto, inteligentísimo; y valiente, pues a pesar del tratamiento de “salvajes sin honor” que su gente daba a los mambises, fue a parlamentar al campamento del más temido por todos.

El héroe, dignísimo, se enfrentó a su contrincante, y escribiría una de las más gloriosas jornadas de 150 años de lucha en un país. Desde él, los cubanos respondemos ante los tratados insultantes y las condiciones insalvables con tres palabras suyas: “No nos entendemos”.

Nuestro Apóstol, José Martí, dijo de él que tenía “tanta fuerza en la mente como en el brazo”, para responder a los que tachaban a Maceo de un simple jefe militar, sin pensamiento elevado. Muestra de eso, cuando el Titán declaró que si los Estados Unidos intentaban apropiarse de Cuba, solo entonces combatiría del mismo lado de los españoles.

Antonio Maceo cayó en combate el 7 de diciembre de 1896, y fue uno de los más duros golpes para la guerra. Cuesta imaginárselo aceptando el robo de nuestra victoria o atrevimientos como la Enmienda Platt.

Y todavía hoy, cuando Cuba entera aclama que no, que no nos entendemos con quien nos intenta aplastar, que “¡quien intente apropiarse a Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha!”, cuesta no imaginarse que el día menos pensado cobrará vida la enorme estatua de bronce de la Plaza de la Revolución para, con su mano extendida, llamarnos a pelear. A vencer o a morir. Como Maceo, como tantos miembros de su tribu heroica. Por la Patria. 

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