Mi profesor, es una de esas personas que actúa siempre con la lógica, incluso en la decisión más impulsiva se detiene a reflexionar acerca de las consecuencias del detalle. Él, al igual que todos nosotros, ha modificado su estilo de vida; cambió inevitablemente las aulas y el vaivén de los calendarios u horarios, por la complacencia del jardín del hogar, y la compañía de la familia.
Sin embargo, mi mentor de la universidad ya no es el mismo, evita aferrarse a las razones de otras personas, en particular, no desea saber de enfermos, contagiados por Covid-19, o fallecidos. Semana tras semana recibe golpes que escapan de toda explicación, ya que amigos y vecinos, han perdido la vida por la enfermedad.
“El ciclo de la vida debe ser así, se asiste por vez primera a la partida de conocidos de tus padres, luego a la de tus abuelos, tíos, hasta que se presencia una de las más dolorosas, la de los propios progenitores, posteriormente comienza un ciclo de despedidas para amistades, contemporáneos, o la pareja de compañía, es entonces cuando sabes que en algún momento el adiós será para uno mismo”, siempre dice mi educador.
Sin embargo, en la época en que vivimos de pandemia, los órdenes se han invertido, nunca se sabe quién será el próximo en perder la vida, ya que el virus no distingue entre edades más o menos jóvenes, no tiene en cuenta el curso normal de desarrollo, de ahí el no respeto de esta enfermedad hacia niños, embarazadas, jóvenes o adolescentes.
Cuando el mundo se les derrumba a algunas familias a su alrededor…se les eclipsa por alguno de estos desgarradores eventos, mi profesor, una vez más, solo puede sentarse a observar a su “nieta del alma”, a su “hija querida”, a su “esposa y compañera entrañable”.
Entre agradecer por un día más a su lado, y estar rodeado de noticias negativas acerca de los destinos de alguien cercano o distante en años y achaques, su luz ha sido ocupada por una sombra extraña. Desea pensar, pero solo si es para abstraerse de la realidad, y cuando conversa limita sus entrañables diálogos repletos de sapiencia y convicción.
Solo espero que en alguna fecha pueda retornar a la normalidad, a la magia del pizarrón, al tono grandilocuente con que conduce sus conferencias magistrales, y a la charla amena que marca su longevidad para hacer sentir a sus estudiantes que el mundo es un espacio tan maravilloso como nos propongamos todos que sea, solo basta con escoger.