Susy, una amiga que reside en Estocolmo, hace cinco años no visita a sus padres en Madrid, eso me cuenta por el chat de Facebook, mientras yo le hablaba del Día de las Madres y lo bien que la pasamos en casa.
Desde hace mucho no viven juntos y se ven esporádicamente, -me dijo- pensé entonces que podrían mediar razones económicas, pero no, su respuesta fue ríspida, ‘cada quien en su mundo, así me criaron’. Entonces un escalofrío se apoderó de mi pecho de solo imaginarme tanto tiempo lejos de mi vieja querida.
Para Rocío, una joven de 16 años, el golpe sí fue duro, su madre salió tras el sueño americano y tuvo que seguirle los pasos. Le vi sin consuelo en aquella despedida: su novio le prometió esperar, sus amigos le juraron amistad eterna, su gato murió de tristeza, y sus abuelos -muy ancianos- le lloran en silencio cada día pues saben que quizás no la vuelvan a ver.
‘Los hijos nunca dejan de sorprendernos’ decía la doña, y como para aliviar su pena siempre respondí: no le juzgue, es que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres. Pero en silencio comprendía su dolor.
A Magda la tienen de aquí para allá, una demencia senil quitó su lucidez y ahora todos se disputan cuidarla. Ileana, siempre dijo no tener condiciones para ‘cargar con su mamá’, mas hoy pone reglas a cambio, se llevó el TV, DVD, microondas, un refrigerador, juegos de sala y cama, y hasta los cuadros y adornos de la casa…; puro amor, tal vez un canje.
Historias reales dan múltiples miradas a un tema vital que por estos días está en la vox pópuli, a propósito del Día Internacional de la Familia, que se celebra cada 15 de mayo.
¿Unida o desunida?
Criterios divergentes encontramos en las calles santiagueras. Para unos, la emigración, el hacinamiento, la convivencia generacional, la solvencia económica, el divorcio… ha deteriorado a la familia y su conceptualización.
Otros opinan que los cubanos, contra viento y marea, hemos mantenido a la familia como el horcón del hogar, y esa influencia se trasmite de padres a hijos, en defensa de preservar lo que por siglos la distingue.
En verdad, las familias son tan diversas como problemas existen en la sociedad. Para nadie es secreto, de que hoy es difícil encontrar ese retrato de familia que nos caracterizó por décadas: matrimonios consolidados, patriarcado, hijos moldeados a modo y semejanza de sus padres, dominación, pero también rectitud, educación, respeto.
Ahora son otras las maneras de proyectarnos, así lo impone la dinámica cotidiana en la que cada quien tiene roles diferentes que cumplir; hemos ganado en autonomía, en derechos para elegir cómo y con quién relacionarnos y formar una familia, y a la par hemos perdido los mejores hábitos de convivencia y valores que sustentan las relaciones interpersonales. Como diría Neruda: ‘Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos’.
Todo el mundo opina, pero no es sano ver la paja en el ojo ajeno; lo acertado sería, además de criticar el modelo actual de familia, evaluar qué hacemos desde los hogares para fomentar, en la nuestra, las mejores prácticas. Nadie podrá venir a construir lo que no seamos capaces de formar en el seno del hogar.
Los cubanos vivimos en familia, que nadie se llame a engaños. Se une en tiempos especiales, Días de las Madres y los Padres, cumpleaños, entierros, hospitales, situaciones límites… todo un clan dispuesto a enfrentar ciclones.
La familia cubana está ahí, multiplicada con amigos y vecinos más cercanos, una extensión que sustituye a la consanguínea y en ocasiones es quien primero extiende la mano.
La familia sigue unida, no importa las millas por delante ni los océanos por cruzar; mire usted las llamadas, los envíos, los mensajes, las miles de personas que a pleno sol salen a conectarse porque del otro lado del mundo alguien necesita escucharle para alejar nostalgias.
Está ahí, para que el primo duerma al menos en un catre en la sala; para echarle el agua a la sopa, porque las visitas familiares nunca son anunciadas; para hacer la ponina en las quince primaveras, para prestarse el poquito de arroz o los veinte pesos hasta el día del cobro.
Bastan solo tres palabras para hacer funcionar esa locomotora que se llama familia: respeto, tolerancia y amor.
Solo así los ancianos no tendrán que soportar el ‘reguetón’ a todo volumen doce horas al día; el joven ya no será juzgado porque su noviazgo no se efectúa en un sillón con la madre incluida; y el homosexual dejará de ser la oveja negra de la familia, tan solo porque decidió compartir su sexualidad con alguien de su mismo sexo.
Vuelvo a pensar en Magda, que convive en el seno de un hogar disfuncional, a pesar de lo mucho que el Estado cubano aboga por el cuidado y protección de los ancianos. Pienso en Rocío, con todas las necesidades materiales resueltas, pero todavía sangrando por el amor perdido y al saber que por años no verá a sus abuelos; y pienso en Susi, mi amiga de Facebook, quien sé adoraría tener una familia como la nuestra. Porque para los cubanos, las familias son como las raíces de los pueblos y a ella seguiremos prendidos como abeja al panal.