Todavía duele cada muerte, cada lágrima, cada hora oscura de aquel octubre de 1976. Incluso para los que no habíamos nacido entonces, sigue abierta la herida; tal vez porque se nos clavó en el corazón de Cuba, aquel avión cayendo al Atlántico con 73 seres humanos.
Hace 42 años, el vuelo 455 de la aerolínea Cubana de Aviación partió de Guyana hacia La Habana, pasando por Trinidad, Barbados y Jamaica, pero dos artefactos de explosivo C-4 estallaron en su interior, poco después de despegar, a pocos kilómetros del aeropuerto barbadense de Seawell.
Cuando detonó la primera bomba en el baño trasero el piloto cubano Wilfredo Pérez Pérez solicitó a la torre de control autorización para aterrizar de inmediato, maniobra que le resultaba imposible a pesar de muchos intentos. Al momento del segundo estallido, se hizo inevitable el siniestro.
Al parecer los pilotos cubanos intentaron salvar la vida de quienes se encontraban en las playas cercanas y enfilaron la aeronave Douglas DC-8 de fabricación estadounidense, directamente hacia el océano.
Morían allí -a las 5:24 p.m del 6 de octubre de 1976-, 57 cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos. De los 48 pasajeros, 24 integraban el equipo nacional juvenil de esgrima de Cuba, y venían victoriosos del Campeonato Centroamericano y del Caribe, donde habían ganado para su país todas las medallas de oro. Muchos de ellos ni siquiera tenían 20 años. También iban a bordo cuatro funcionarios cubanos.
Los guyaneses eran estudiantes de Medicina de 18 y 19 años, y la esposa de un diplomático de ese país. Cuatro de los norcoreanos eran funcionarios del gobierno de Kim Il Sung, y uno era camarógrafo.
En ese avión estallaron no solo 73 vidas llenas de sueños, de proyectos, de esperanzas; en la explosión se quemó la alegría de decenas de niños que no volvieron a ver a sus padres; de familias que no pudieron recibir con orgullo a sus hijos… el terrorismo enlutó a miles de personas en el mundo con un ataque sórdido y cobarde, que el gobierno norteamericano conocía y apoyaba.
Las evidencias posteriores demostraron la participación de Freddy Lugo y Hernán Ricardo, dos pasajeros que abordaron el avión en su primera escala en la isla de Trinidad. Presuntamente su destino final era La Habana, pero abandonaron la aeronave en Barbados, tras colocar los artefactos explosivos.
Lugo y Ricardo fueron arrestados en Trinidad y Tobago horas después del suceso; y en sus declaraciones implicaron a otros dos personajes que demostrarían ser capaces de cualquier atrocidad: Luis Posada Carriles (ex agente de la CIA) y Orlando Bosch. Estos individuos fueron detenidos en Caracas, ocho días más tarde.
Aunque estuvieron encarcelados, y fueron extraditados a Venezuela para enfrentar procesos judiciales, Posada logró huir e ingresar ilegalmente en Estados Unidos; mientras que Bosch nunca respondió a la justicia por el crimen de Barbados. Lugo y Ricardo fueron condenados a 20 años de prisión.
En esa época, y por muchos años más, el atentado terrorista al avión cubano fue el peor ataque de su tipo en el hemisferio occidental. Fidel Castro y Hugo Chávez fueron acusadores permanentes de la complicidad y el doble rasero de las administraciones norteamericanas, que se arrogaban el derecho de señalar como auspiciadoras del terrorismo a decenas de naciones del mundo, mientras financiaban, alentaban y protegían a organizaciones terroristas anticubanas.
Lo sucedido en Barbados está en la memoria de los cubanos, que todavía vemos con indignación lo lejos que puede llegar el odio, lo que puede el crimen, lo que puede el dinero cuando las personas se deshumanizan. Es increíble hasta qué punto llegaron los enemigos de la Revolución en el intento de dañar a un pueblo que eligió su propio camino, frente al mayor imperio de la edad moderna.
El crimen de Barbados sigue doliendo en el corazón de Cuba.