Cada tarde al llegar a casa, mis pequeños cuentan las historias aprendidas en clases y quedo fascinada ante sus narraciones, y es que lo enseñado en la escuela lleva implícito coherencia, correcta pronunciación y palabras desconocidas hasta hace poco para ellos.
No dejo de mirarlos y admirarlos, mas tampoco dejo de pensar en mis maestros, quienes con dulzura y rectitud me forjaron, guiaron mis primeros pasos, sacaron de mis lágrimas la risa; del silencio, palabras.
Desde entonces septiembre nos abrió las puertas, y con esa paciencia desmedida, pasamos juntos muchos días, meses, años; yo me hacía físicamente grande y ellos hacían inmensos mis deseos de saber, mis ansias de conquistar el mundo.
Vivimos momentos inolvidables que me marcaron; aquel regaño por la lección mal aprendida o el fuerte abrazo por la excelente nota. De sus manos vino la pañoleta, el diploma de graduado; fueron, sin notarlo, haciéndose imprescindibles, y por fortuna, yo bebía de su savia.
Cuando llega diciembre y con este las celebraciones por la Jornada del Educador, recuerdo a quienes con infinita ternura no solo me adentraron en el mundo de las matemáticas, la geografía, la historia; recuerdo también sus infatigables luchas por afianzar en todos sus alumnos el hábito de la lectura.
Mis maestras eran mi paradigma, ejemplo en el vestir, en su hablar, en comportarse, yo intentaba imitarles todo el tiempo y por años crecí queriendo ser maestra.
Ellas no pretendían que habláramos como Cervantes; mucho se ha transformado nuestra lengua reflejo de la cotidianidad, pero estaban siempre prestas a corregir las faltas en medio del proceso de aprendizaje; para que nunca se soltara una palabra obscena, para que nunca un uniforme estuviera incorrecto, un cabello desgreñado, una tarea sin hacer, un libro roto o mal forrado.
Ahora la lectura puede hacerse por vía digital; muchos alumnos ya no consultan el Larousse, sino Ecured o Wikipedia; pero los profesores de gramática, redacción, los maestros que intentan con su ejemplo y con el uso correcto de la lengua, sembrar modos y modales en sus educandos, siguen teniendo el protagonismo.
Educar no es cortar selvas sino regar desiertos. Se requiere mover el pensamiento, y para eso la mejor manera de aprender será siempre mediante la lectura y escritura, a través del proceso docente-educativo, con maestras y maestros frente a las aulas impartiendo lecciones que quedan para toda la vida.
La sociedad cubana se honra con educadores de vasta experiencia, y una nueva generación que debe imitar el ejemplo de muchos, de los que ya no están, y de otros que tras su edad de jubilación, volvieron a las aulas para seguir aportando y apostando por el futuro.
Quienes hacen de la palabra un arte y del magisterio oficio de ángeles, deben redoblar esfuerzos para lograr que la comunicación siga luciendo sus mejores atributos, para que la escuela sea por siempre la segunda casa, la familia multiplicada; tarea difícil, pero no imposible.
Quiero para mis hijos, los maestros que tuve; y no estoy aspirando a que sean decanos en la profesión, sino que a flor de piel, con la misma lozanía de los años mozos, irradien profesionalidad y entrega en la suprema obra de enseñar.
Hoy mi primera maestra Lida Romero Frómeta tiene 83 años, está en silla de ruedas y algo enfermita, pero feliz al ver a su alrededor tantas generaciones bien formadas, tantos alumnos que hoy ‘se llaman’ constructor, enfermera, militar, médico, bailarina, cocinero, deportista, artesano, profesor, periodista…
Sin notarlo nos convertimos en su espejo, somos el reflejo de sus años de entrega, de sus noches sin dormir preparando la clase perfecta, de sus intentos porque fuéramos mujeres y hombres de bien. Su mayor triunfo es sabernos dignos, honestos, honrados, es ver cómo en las aulas se levanta el mañana, es escuchar a los pequeños decir con orgullo: cuando yo sea grande quiero ser maestro.
Cuánto le debo, no lo sé, pero sin duda no habrá con qué pagar esa entrega en cuerpo y alma. Lleguen estas líneas a mi seño, a la profe que dejó su huella en la escuela 14 Tony Alomá Serrano y en los corazones de incontables alumnos, que por fortuna la tenemos lúcida, siempre presta a responder alguna duda o rememorar viejos tiempos.
Así quisiera que recuerden mis pequeños a quienes hoy les forman, así quisiera que fueran quienes en lo adelante marcarán la educación de mis hijos; porque un buen maestro jamás se olvida.
Pasarán años, décadas, siglos, podrán cambiar las modas, costumbres y creencias, serán las nuevas generaciones mejores o peores que los jóvenes de ayer o los de hoy; mas nuestros maestros y profesores, en ese empeño por hacer de este pueblo el más culto, mantendrán su misión de seguir con sabiduría y ejemplo personal vistiendo el pensamiento de millones de estudiantes.