En Santiago, diciembre huele a flores
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- Categoría: Titulares
- Escrito por Leydis Tassé Magaña|Foto: Archivo: Miguel RUBIERA JUSTIZ
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Una ciudad, un pueblo, un líder absuelto por la historia, son las palabras que vienen a mi mente al recordar aquel diciembre que Santiago de Cuba olió a flores, aquel día en el que una urna de cedro cargada de sueños llegó a esta oriental urbe, recorrió sus predios y, a la jornada siguiente, partió hacia su sitio definitivo.
Se dice cuatro de diciembre de 2016, y en Cuba se habla de gloria y de encuentro entre un Maestro y su mejor discípulo, entre un Martí y un Fidel en diálogo perenne con la historia desde sus últimas moradas: un mausoleo y un monolito ante los cuales todo revolucionario y hombre digno que llegue a Santiago debe presentarse.
Cuando se rememora esa jornada en la Isla, se recuerda enseguida la multitud que en el trayecto de la Plaza de la Revolución Antonio Maceo Grajales hasta el cementerio Santa Ifigenia despidió a su líder; se piensa rápidamente en los hombres y mujeres de todas las edades que al tiempo que se secaban las lágrimas, gritaban: ¡Yo soy Fidel!.
A un año del suceso, se oye decir en la calle: “Parece que fue ayer”.
Al recapitularse aquella jornada, no se olvida la expresión de Raúl que, en simbiosis de dolor y resolución, depositó las cenizas de su hermano de sangre y de lucha en una piedra que desde entonces, parece que late.
Se recuerda, como hoy, el instante en el cual el general-presidente colocó la urna en el interior de la piedra, sellada con una placa de mármol verde que en cinco letras esculpidas en bronce revela no solo el nombre de un hombre, sino también de un país: Fidel.
Desde ese día, más de medio millón de hombres y mujeres de diversas naciones han llegado a Santa Ifigenia, más que una necrópolis pletórica de fríos sepulcros, morada de héroes y altar de la Patria; incontables las flores depositadas desde entonces en homenaje al Comandante en Jefe, al Comandante de la esperanza.
Ante la piedra, muchos han llorado, o han dedicado un saludo marcial y expresado: ¡Hasta la victoria siempre!; otros no han hecho más que quedar en silencio ante esa roca que atesora el corazón de Cuba.
A un año de la siembra de Fidel en Santa Ifigenia, sobrecoge leer su nombre sobre el monolito que lo lleva solo físicamente, porque su espíritu cabalga entre su pueblo y en cuanto lugar se invoque la justicia.
El 10 de octubre de 2017, en la necrópolis santiaguera se volvió a hacer historia, cuando se inhumaron los restos de la Madre de todos los cubanos, Mariana Grajales, y del Padre de la Patria, Carlos Manuel Céspedes, en el área patrimonial central, próximos a Martí y a Fidel.
Cuatro grandes que en épocas y con formaciones diferentes contribuyeron a forjar la nación, bajo un mismo ideal, yacen desde entonces en el frente patriótico del camposanto, encabezando la legión de honor que allí reposa.
Pasarán varias generaciones, y seguirán llegando flores al majestuoso mausoleo que guarda los restos de un Maestro, a la piedra que abraza a su mejor discípulo, al monumento donde yace quien asumió la paternidad de todos los cubanos que han luchado por la libertad, y a la tumba sencilla donde descansa una mujer que entregó su prole a una causa justa.
Cercanos, como sus ideas de ver a Cuba libre, están Céspedes, Mariana, Martí y Fidel en sus últimas moradas, escoltadas por las palmas reales y el cielo que en ningún lugar del mundo es tan azul.Crecerán los niños que hoy van a Santa Ifigenia a rendirles tributo, y contarán a sus hijos y nietos sobre el significado de ese lugar que, el 10 de octubre de 2017, afianzó su condición de Altar de la Patria.
Quedarán atrás muchas páginas en el calendario, y se continuará evocando también aquel diciembre en el que Santiago de Cuba lloró y olió a flores, por un hombre llamado Fidel.

