"Esos jóvenes lucharon por un sueño, y lo consiguieron"

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asaltantes al cuartel moncadaCristina Rodríguez Fernández  era alumna de enfermería en 1953 y hacía las prácticas en el Hospital Saturnino Lora de aquel entonces. Fue testigo de los hechos de aquel 26 de julio, ella vive hoy en Holguín, específicamente en Mayarí, pero por vía telefónica rememora los sucesos:

“Se respiraba en la ciudad los aires del carnaval y casi al amanecer llegan unos jóvenes con uniformes amarillos. Ellos no aparentaban estar en algo tan serio, porque preguntaban por los locales, eran muy amables y conversadores. Siempre decían a las enfermeras que estábamos allí: “no se preocupen que esto se va  acabar pronto, Batista está muerto, esto es la Revolución”.

“A mí me llamó la atención una caja de discos que habían dejado en el Cuerpo de Guardia con el Himno Invasor, el Último Aldabonazo… ellos decían que lo iban a poner cuando todo terminara.

“Nos cuidaban, no nos dejaban salir porque estaban tirando granadas en la entrada. Había un joven que dirigía al resto, arrubiado, ojos claros, bien parecido. En un momento me pidió agua muy cortésmente, después supe que era Abel.

Las dos mujeres

“Melba y Haydeé eran muchachas muy delgaditas, se quedaron en la sala de niños ayudando a la enfermera que estaba sola a darles la leche a los pequeños que algunos lloraban.

La de esta sala se llamaba Camelia Rodríguez, y fue la única de nosotras que después fue a juicio y la presionaron para que dijera que aquellas muchachas llegaron armadas y la amenazaron. Pero ella se negó porque lo único que había recibido era su ayuda y colaboración. Casi no la dejan graduarse, tuvimos que hacer huelga de hambre”.

“En el momento que hubo una explosión en la entrada del hospital que era de cristal, ellas ayudaron a bajar los tanques de oxígeno, a calmar a los pacientes, a acomodarlo todo. Por la ventana vimos que estábamos rodeados de soldados, todo fue muy rápido”.

Cuando llegan los guardias

“Muchos tenían su ropa de civil por debajo del uniforme, a otros los disfrazamos de enfermos, de acompañantes, pero los guardias batistianos empujaban las puertas, revisaban todo, nos ofendían, decían que éramos cómplices y los fueron sacando uno por uno a golpes en la cabeza, en la columna y los tiraban en un vehículo. Al doctor Mario Muñoz lo llevaron caminando y lo balearon por la espalda cerca del Cuartel.

“Llegábamos a pensar que era una sublevación de guardias contra guardias. Que era un levantamiento de los mismos soldados. Solo después que todo pasó entendimos, supimos de los juicios, los asesinatos.

“A nosotras no nos dejaron salir en una semana, nos registraban al entrar y salir del hospital. Los dormitorios estaban contiguos a la sala donde se realizaron los juicios, y nos tirábamos en el piso a escuchar y aunque sea ver los pies de los que estaban allí”.

La última visita de Cristina  al museo fue este año y a pesar de sus 85 años, recuerda cada recodo como si fuese ayer, no podía ser diferente,  ese día marcó su vida para siempre.

“Los rostros de esos jóvenes nunca los voy a olvidar. Yo estudié para sanar y saber que la mayoría fueron torturados vilmente me entristece a pesar del tiempo, antes los médicos estaban en sus casas fiesteando y sólo iban al hospital si había algún caso de urgencia mientras pagaran la cuota, mientras tanto, quien estábamos a tiempo completo con los pacientes eran las enfermeras y las alumnas que ayudábamos en todo. Aquellos muchachos tenían sueños, ideales, ellos anhelaban una Revolución, y lo consiguieron”.

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