Francisca Muñoz Vera, una mujer serrana, oriunda de la abrupta demarcación montañosa de Ti Arriba, en el municipio de Songo-La Maya, celebró el pasado día 25 su cumpleaños 108. En esta ocasión entre la misma gente –su numerosa familia, vecinos y amigos- pero no en el mismo lugar, ya que escogió para el onomástico la popular comunidad del Micro 9, en el centro Urbano José Martí, en la ciudad de Santiago de Cuba.
Desde que llegó a la centuria hemos asistido con sistematicidad a estas conmemoraciones de Pancha, como cariñosamente es conocida esta anciana, quien demostró a estos años que no ha perdido en nada su vitalidad, fabulosa memoria y deseos de seguirle agregando años a su longeva vida llena de anécdotas, recuerdos, chistes y también de momentos tristes.
En esta oportunidad, volvimos a conversar amenamente con esta veterana, quien hizo gala de mucha lucidez al abordar novedosos momentos de su rica historia al lado de su esposo, la crianza de sus nueve hijos, los exigentes quehaceres de la casa y el campo, así como la estrecha vinculación a la Revolución como trabajadoras agrícolas, federadas y cederistas.
El diálogo con Panchita, como cariñosamente la conocen todos por allá, es fluido, coherente y claro lo que sorprende y deja estupefacto a cualquier interlocutor. En ningún momento la vimos arrepentirse de nada, a no ser de tener más fuerza para poder aportar a la sociedad cubana, de ahí que por momentos afloraran en sus ojos algunas lágrimas de alegría, mientras de sus labios brotara un sentimiento que siempre acompaña su vida: amor.
Pancha, aunque vive actualmente en la ciudad de Santiago de Cuba, rememora con mucha nostalgia a Ti Arriba. Dice que allí se multiplicaron sus deseos por continuar viviendo, ya que se alimentaba del aire puro de las mañanas, las cálidas noches favorecidas por la corriente eléctrica que alumbran el caserío, el olor característico del campo cubano, además de las delicias de una adecuada alimentación preferentemente con vegetales y frutas, sin descartar bien temprano un delicioso té de anisón o de otra planta medicinal.
Su conversación aún asombra a muchos que tuvimos la dicha de celebrar hace ocho años su centuria en el popular barrio de Portuondo.
Su vitalidad es envidiable, manifiesta sentirse fuerte aunque no oculta que en ocasiones tiene dolores en las piernas. Todavía su andar con el bastón es ágil y seguro en su desplazamiento por el apartamento donde disfruta los variados programas en la televisión, escucha la radio y hasta cose de vez en vez. Dice que hasta rechaza los juegos de la Serie Nacional de Beisbol desde que su predilecto lanzador Norge Luis Vera se retiró de la pelota activa.
El diálogo con Pancha, es fluido, coherente y claro lo que sorprende y deja estupefacto a cualquier interlocutor. Su trayectoria a través de esos años acumulados son imposibles resumir en dos o tres cuartillas, donde pudiéramos destacar su intenso quehacer como recogedora de café en diferentes regiones de la antigua provincia de Oriente, o como lavandera y cocinera para ganarse la vida y aportar a la crianza de sus hijos. Por eso expresa con preocupación que “quién fue que inventó eso que el trabajo mata”.
Se regocija de nunca ser enfermiza y solo estar hospitalizada en dos ocasiones, como consecuencia de una operación de la hernia. “Me siento bien aquí rodeada de mi numerosa familia, entre los que están siete de mis hijos, cerca de 40 nietos, más de 50 biznietos y choznos, además de vecinos y otras personas que me quieren.
“Solo espero recibirlos nuevamente el próximo año y celebrar los 109”, nos dijo con una amplia y pícara sonrisa, que tuvo como respuesta de “seguro Pancha porque tú vas por más”.