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Artistas en La Farola

Categoría: Titulares
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limpieza farolaA los hombres de esta historia pudiéramos compararlos  con los más avezados virtuosos del pincel, la gubia y el martillo, mas se nos antoja bautizarlos como los artistas de La Farola, por la labor que realizan a más de 300 metros sobre el nivel del mar, en tiempo rápido y espacio reducido.

La Farola somete y es tan prepotente que hasta tiene un intendente, un hombre que de tanto andar sobre ella la conoce al dedillo, sabedor del secreto de cada una de sus 375 curvas, de los manantiales y de su comportamiento en época lluviosa o de sequía; por demás, capaz de predecir los desprendimientos traicioneros que asustan a choferes, pasajeros, y hasta a los periodistas que por, culpa de Matthew, nos hemos visto enrolados en la aventura de subirla y bajarla en reiteradas ocasiones.

Por estos días, al intendente, nombrado Miguel Hinojosa Abad, del Centro Provincial de Vialidad de Guantánamo, lo acompañan otros nombres que se resisten a los designios de una vía que cierra el paso a su antojo, como ocurre frecuentemente, y aísla a Guantá­na­mo de Baracoa, o a Baracoa de Guantánamo, en dependencia del lado que se mire.

Y comienza a hilvanar los últimos recuerdos: «Hace tres meses hubo un desprendimiento en la zo­na conocida como Piedra Picá y nos vimos obligados a botar unos 50 000 metros cúbicos de material, el equivalente a más de 400 viajes de ca­miones de mediano porte. Dimos pa­so al tercer día. Cuando la montaña se viene abajo no cree en nadie».

En una de las subidas nos detenemos y oímos anécdotas de hombres testarudos que no creen en pactos, ni en las avalanchas, algo frecuente en ese vial que va sobre las caderas de las montañas, a lo largo de 38 kilómetros de peligro, desde Cajobabo hasta Paso Cuba. Forman parte de 70 integrantes de una brigada perteneciente a la Empresa Cons­tructora de Obras de Ingeniería (ECOI-17), de la provincia de Holguín.

Los encontramos en Veguita del Sur, en plena faena, hurgando en las laderas, siempre prestos a restaurar, conservar, cambiar el entorno y dar paso en la vía caprichosa, que ahora gana mayor protagonismo con el derrumbe del puente sobre el río Toa, enlace entre la Primada de Cuba y Holguín, por el norte de la provincia de Guantánamo.

La fuerza holguinera llegó con motoniveladora, buldóceres, cargadores, camiones, retroexcavadora, y el pequeño equipo multipropósito, semejante a un muerde y huye: se mueve con agilidad. Ora está aquí, ora allá, «para terminar rápido y se­guir rumbo a Baracoa, donde también hacemos falta», afirma el operador, con la decisión de exterminar cuanto vestigio quede de las rocas, árboles, y la tierra que rueda ladera abajo y va a parar al medio de la vía.

Nelson Gerardo Carbonel San­tos, el buldocero escrutador de avalanchas, bautizado así por sus compañeros por «estar a cuatro ojos», asevera que en más de 40 años de oficio ha realizado innumerables la­bores en la presa Los Me­lones, en Mayarí y en otros lugares, pero ninguna como esta, porque hay que trabajar con mucha precaución, dada la gran circulación de vehículos de todo tipo, desde autos ligeros hasta rastras cargadas al tope.

«Uno recoge material por aquí y la montaña se viene abajo por allá. Mira, ese desprendimiento ocurrió ayer. Se fue la lluvia que removió los cimientos y llega el sol, calienta la tierra, la seca y ¡cataplún!, las piedras te vienen encima. Esa misma que está allá arriba está loca por caerse».

A Julio Soto Pérez hay que «pedirle permiso» para pasar. El cuello larguirucho de la retroexcavadora que opera puede impactar en cualquier vehículo  en tránsito. Por esa razón permanece al tanto de cada movimiento, de quien viene y quien va. Le arrancamos algunas palabras, aunque con rodeos verbales intente esquivar las preguntas que lo conducen a hablar de méritos personales.

«Nada tan difícil como el trabajo acá arriba, pero esto lo vamos a dejar bonito y conformado», co­menta mientras arrima el material a la ladera de la montaña.

«Si La Farola se empecina en cerrar el tránsito, nosotros nos aferramos a abrirlo», interviene el ingeniero mecánico Eduardo Rojas Gá­mez, jefe de equipos de la unidad empresarial de base asfalto.

El operador de uno de los cargadores arranca y en un derroche de hábil acrobacia vuelve sobre la vía, recoge piedras, tierra, árboles y perfila, con mucho cuidado, al estilo del más avezado de los artistas. Los hombres del colectivo solo cesan cuando la noche se desploma sobre los zigzagueantes vericuetos de La Farola.

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