Santiago de Cuba,

Esther, compromiso y acción

15 September 2022 Escrito por 
Foto: de la autora

A Esther Verdaguer Soto no podrán arrancarle esos recuerdos: los quejidos, los golpes, la amargura al saberse testigo de un hecho inhumano, la impotencia al conocer que una vida estaba siendo vulnerada, a ella nadie podrá arrancarle el horror.

A sus escasos 14 años escuchaba la palabra tortura más veces de las que hubiese deseado, “era habitual, mi hermano me lo decía: a esos hombres los torturaron, pero realmente desconocía lo que significaba hasta que estuve allí”, cuenta y por un momento se ubica frente a aquel cuartel en Songo La Maya donde atestiguó la escena, hace casi 7 décadas.

De ahí la determinación de participar en las actividades del Movimiento 26 de Julio, una decisión que -asegura- nunca se cuestionó, a pesar de las graves consecuencias que podría acarrearles a ella y a sus familiares. Entonces, en su antigua vivienda, a dos cuadras del 'Moncada', instalaron el mimeógrafo, la antena para captar la señal de Radio Rebelde y comenzó a imprimirse la propaganda revolucionaria.

“Se hacían miles de ejemplares cada día, empezábamos a las 6 de la mañana y a las 8 de la noche todavía continuaba; Rafael Infante trabajaba el mimeógrafo, yo también aprendí a utilizarlo para ayudar cuando él estaba descansando”. Esther describe cómo la tirada de los boletines y posteriormente del Sierra Maestra, se convirtieron en el centro de su rutina.

Entre la ropa, en los grandes bolsillos de la sayuela, trasladaba material de importancia, desenvuelta por las calles de Santiago de Cuba. “Los guardias no veían a la mujer involucrada en la Revolución, por eso iba con los compañeros a reuniones y entregaba paquetes. Parecíamos delicadas como las flores, pero éramos atrevidas, éramos varias compañeras en el grupo de propaganda.

“¿Temor? ni pensábamos en eso. Mi madre fue una Mariana Grajales, conocía mis actividades y las de mis hermanos, también permitió que en algún momento cuatro combatientes se escondieran en la casa, además los atendía. Mi abuela facilitaba la suya para encuentros del grupo, a ella -claro- también la marcó que hubieran matado a un muchacho frente a su puerta.

“Solo quienes vivimos esa época sabemos de las barbaridades que se cometieron, del racismo que dominaba la sociedad, por eso quienes teníamos valores ya no podíamos soportar esa situación”, expresa que con ese convencimiento asumió estoica los registros y las aprehensiones en el Cuartel Moncada.

Tras ser puesta en libertad por segunda ocasión, emprendió junto a su hermano el camino hacia la Sierra -en su caso- para colaborar en la formación de maestros, como integrante de la Columna No.9 Enrique Hart. “Poco tiempo después triunfó la Revolución y continué esa tarea en el Departamento de Asistencia Técnica y Material del campesinado, creando escuelas con educadores voluntarios, llevando el conocimiento hasta donde no había llegado.

“Éramos una generación comprometida, cuando se dice que una persona fue combatiente significa que actuó para que en algún momento arriesgó su vida, que dio lo mejor de sí a esta sociedad”, afirma.

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Irma Rivera Sánchez

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