Santiago de Cuba,

Óscar, te están esperando

08 September 2022 Escrito por 
Foto: Irma Rivera

Transcurría el año 1958, la actividad clandestina en Santiago de Cuba era efervescente cuando un jovencísimo Óscar Páez Lara detuvo su bicicleta ante el policía que operaba el semáforo ubicado en San Félix y Enramadas.

Había llovido, quizás por eso el muchacho cayó al cruzar la línea del tranvía pero ni el susto ni los golpes evitaron que protegiera el paquete que llevaba. “El agente trató de despejar la vía, yo casi tuve que quitarle la bicicleta de las manos para evitar que se rompiera el cajón de cartón y salieran los papeles”, recuerda hoy a sus 83 años.

Hacía meses que participaba en la divulgación de la propaganda revolucionaria como integrante del Movimiento 26 de Julio, entre sus responsabilidades estaba llevar las publicaciones hasta los ‘circuladores’ que las repartirían. Por sus manos pasaron miles de ejemplares del ‘Boletín informativo’ y las ‘Últimas noticias’ que con el tiempo adoptaron el nombre de Sierra Maestra.

“Con el cambio de denominación también se modificó el formato, se trabajaba con una impresora más avanzada que podía reproducir fotos, a partir de entonces la producción fue mayor en cantidad y calidad. Los equipos se ubicaron en varios lugares pero estuvieron durante más tiempo en la Casa Cartaya, un establecimiento donde se vendían artículos eléctricos.

Páez -como todos le conocen- cuenta con orgullo que su vivienda en el Reparto Santa Bárbara fue uno de los tantos sitios donde se imprimió ‘el Sierra’ durante esa etapa, una misión que requirió de la inventiva y la sagacidad de quienes participaron.

“A finales del 1957, se construyó un túnel en una de las habitaciones de la casa, cuando estuvo terminado se le fundió una placa dejando un espacio para entrar y a través de las paredes introdujimos unos tubos que además de respiraderos servían para llevar los cables de los equipos, pero empezamos imprimir y nos dimos cuenta de que la ventilación era insuficiente, había un calor tremendo.

“Entonces hice la prueba y arriba no se sentía nada aunque el túnel estuviera sin tapa, además mi madre siempre estaba vigilando por si aparecía algún carro o había peligro para nosotros”, a pesar de las precauciones, cuenta que la empresa no estuvo exenta de sobresaltos.

“En una ocasión hubo un registro, yo estaba trabajando en una cafetería y mi hermano menor me llamó por teléfono para advertirme, enseguida supe que había pasado algo porque cuando íbamos a imprimir me decía: Oscar, te están esperando, y en esa oportunidad solo me dijo: estuvieron aquí. Afortunadamente no encontraron nada.

“Toda la impresión de la Casa Cartaya se trasladaba hacia otra casa que teníamos en San Gerónimo, allí se hacían los paquetes que se distribuían a diferentes lugares: unos iban en tren u ómnibus para los demás municipios, otros los iban a recoger para que circularan por la ciudad. No existía temor porque había un espíritu de lucha”, rememora.

Páez asegura que haber colaborado con la difusión del Sierra Maestra en la clandestinidad constituyó unas de las experiencias más gratas de su vida, por ello se ha mantenido involucrado con el medio, “nunca me pasó por la mente que estaría narrando su historia 65 años después, es un alto honor”, ratifica.

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Irma Rivera Sánchez

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