En Santiago existe un castillo, no como esos de la época medieval con reyes y príncipes, pero es un castillo singular. Me refiero por supuesto al Castillo del Morro San Pedro de la Roca, que más allá de su historia bélica resulta ser hoy un lugar paradisíaco, ¿no lo cree usted?
Es como si cada paisaje ofreciera colores diferentes. Cuando te acercas a sus edificaciones, aparece el color sepia frente a las paredes de rocas amarillentas, el puente colgadizo rústico, el piso de madera que al caminar sobre este sientes el vacío debajo, sus cañones, la pequeña capilla, la oscuridad de los antiguos calabozos, el viejo pozo... es como si viajaras en el tiempo.
¡Cuánto olor a muerte y dolor de siglos pasados debe guardar ese lugar! Pero las tonalidades van cambiando mientras recorres aquellos parajes, los balcones te asoman al Mar Caribe, el mismo mar por donde llegaron corsarios y piratas y donde se libró la batalla naval en la guerra hispano-cubana- norteamericana. Un azul que se va enverdeciendo cuando se funden las aguas con las montañas al horizonte, esas que bordean a la ciudad como centinelas.Ese fortín, el mayor de esta ciudad, está construido sobre una de esas montañas y ya tiene varios siglos de existencia. Y aun cuando fue un escenario de encarcelamiento a los patriotas libertadores, de sufrimiento y muerte, es uno de los sitios más bellos de Santiago de Cuba, que ha resistido las inclemencias naturales y del tiempo, y brinda a quien lo visita, una policromía espectacular que refleja parte de la historia de una ciudad maravillosa.