Hace unos días un chofer le decía a un pasajero que era su deber abonar el precio exacto del pasaje porque dar el vuelto le estaba prohibido; sin embargo, una empleada del sector del transporte contenía en sus dos manos el bulto de dinero recaudado en la medida que las personas subían al ómnibus.
No discuto el cumplimiento de esa normativa, aunque pudieran buscarse alternativas de pagos porque no siempre se logra conseguir la moneda fraccionada, pero hay otras resoluciones y disposiciones más imprescindibles que esta y son vulneradas a la vista de todos, al punto de parecer normales.
Ejemplos hay varios. ¿Quién no ha sido testigo de que el conductor del vehículo u otro personal cobre el viaje, cuando es el viajero el que debe depositar directamente el dinero en la alcancía? ¿Quién no ha visto que esa alcancía en vez de estar visible, la tiene el chofer en el lado izquierdo de su asiento?
¿Quién no ha presenciado que alguna amistad del conductor vaya durante el trayecto del viaje distrayéndolo con una conversación, lo cual puede provocar un accidente? ¿Quién no ha pagado dos pesos o más por un viaje extra, cuando en realidad el importe es el mismo al de una salida oficial?
A estos fenómenos se unen las indisciplinas sociales y la pérdida de valores que no pocos manifiestan en los ómnibus y paradas, y a pesar de ser repudiadas por la mayoría, es casi nulo el enfrentamiento por el temor a buscarse problemas.
Aunque la provincia de Ciego de Ávila cuenta con menos de la mitad de los 574 equipos que necesita para aumentar la frecuencia de salida en cada una de las rutas y solo el 58 por ciento funciona de manera estable, no hay justificación alguna para convertir esas guaguas en una valla de gallos donde priman los empujones y la ley del más fuerte.
Tampoco hay excusas para aprovecharse de que el carro esté lleno de pasajeros y no ceder el asiento a una mujer embarazada o con un niño en brazos, a un anciano o anciana, y a una persona con discapacidad física.
La racionalidad debe distinguirnos como seres humanos, pero una de las causas principales en el deterioro paulatino de una parte considerable de los autobuses está dada por el maltrato de los propios viajeros, quienes destruyen puertas, ventanillas y asientos, y dejan plasmados sus nombres y dedicatorias amorosas donde mejor les convenga.
Estas acciones repudiables, junto con otras que suceden en las paradas, por cierto la mayoría sucias, como las malas respuestas, la falta de cortesía, el desorden en las colas y el humo del cigarro, representan la no correspondencia entre los intereses de un individuo o un grupo con las normas y principios de la sociedad donde se desenvuelve.
Desafortunadamente no son pocos los que alegan que tales manifestaciones son consecuencia de necesidades económicas del país, nada más parecido a la desidia, la indiferencia y el conformismo ante lo mal hecho.
Permitir que ocurran esas situaciones le hace mucho más daño al giro transportista, que al desaparecer el campo socialista y arreciar el bloqueo económico y financiero de los Estados Unidos contra Cuba amplió significativamente las diferencias entre lo que se necesita y lo que se oferta.
El problema es de la sociedad, y la sociedad somos todos para velar porque el orden y la tranquilidad prevalezcan: por un lado están los encargados de transportar de una manera honesta y servicial, y por el otro que quienes dependen de los ómnibus públicos los aborden como personas civilizadas.
En este aspecto bien vale la pena aplicar el pacto de los tres mosqueteros: Todos para uno y uno para todos, pues nos debe distinguir el sentido de pertenencia por el lugar donde vivimos, y el respeto hacia uno mismo y el prójimo.