
Lo recuerdo detrás de mí cuando aprendía a montar bicicleta, caminando o corriendo a mi lado para intentar evitar las caídas; socorriéndome cuando por “cabeza dura” aparecía llorando con algún que otro moretón. y mira que no fueron pocos.
Siempre pendiente de mis estudios, aconsejándome a pesar de que sabía que me aburría por decirme todos los días lo mismo. Al parque de diversiones íbamos con frecuencia y en manada, con mis hermanos y hasta los primos que en vacaciones se sumaban.
A la playa siempre en familia, a veces yo queriendo protegerme del sol y él diciéndome que aprovechara el paseo. Recuerdo la camioneta, el camión o cualquier otro transporte utilizado. La cuestión era divertirnos.
En carnavales, ya cuando me acercaba a la adolescencia, siempre el primer trago lo compartíamos juntos, pues decía que tenía que aprender a tomar bebidas alcohólicas con él y no experimentar con desconocidos.
Siempre corrigiendo mi postura al sentarme, mi dicción y mis ademanes al hablar; un abrazo y una lágrima de emoción nunca han faltado en estos más de 30 años en los que he tenido el honor de contar con su amor de padre, de papá divorciado de mamá, pero siempre de una manera u otra pendiente de mi hermana y de mí.
Hemos disfrutado y vivido juntos múltiples anécdotas, amaneceres y atardeceres, risas y llantos, tristezas y alegrías; cómplices de poemas y letras amorosas, de locuras y sosiegos. Lo he visto llorar y luego reír a carcajadas, lo he visto bailar, jaranear, lo he visto perturbado... qué no sé yo de él si de mirarlo a los ojos descubro sus miedos y picardías.
También ha habido momentos de angustia, de celos recíprocos, de regaños que nunca gustan, de palabras necesarias que a veces duelen; siempre con la mejor de las intenciones, la de un padre que ama.
Tuve la dicha también de tener otro papá... llegó cuando apenas aprendía a hacer los primeros trazos, a escribir las primeras palabras, nunca le he dicho papá, pero lo es y agradezco por tenerlo siempre tan cerca, por darlo todo sin esperar nada a cambio. Por llevarme a la escuela en bicicleta cuando fue necesario, por negarse a que me pintara los labios antes de tener edad para hacerlo, por corregirme cuando me he equivocado, por a veces mirarme serio y otras brindarme una sonrisa.
Mi otro papá me presenta como su hija de verdad, lava mi ropa y hace mi comida cuando lo he necesitado y cuando no, también; por cuidarme cuando he estado enferma, por sus desvelos cuando he estado de fiesta...
Conozco bien sus virtudes y también sus defectos, más no le “cabe el corazón en el pecho”; rezonga con frecuencia, pero me complace en demasía, brinda amor a su manera; de pocas palabras, pero acciones concretas.
Me cuenta sus aflicciones, y permite consejos; me abraza, me entiende, me ha visto crecer, pero me cree una niña; mi otro papá es mi sostén, mi abrigo, mi amigo.
Y dicen algunos que papá es cualquiera. No lo creo. Papá, tenga o no lazo sanguíneo es quien brinda amor, cariño y respeto; y se enorgullece de tenerte como hija.
Papá te regaña fuerte cuando es necesario, pero luego te besa. Ese es papá; ellos son mis dos papás, para los que no tengo nada y para los que tengo todo.
Para ellos y para los que brindan su alma cada día, para todos muchas felicidades, para los que están aún después de la vida, para los que dejaron una impronta en el corazón de cada hijo, de cada nieto... para nuestros ídolos, para ellos que son los mejores padres del mundo.