Claro que el control del cuerpo de la mujer y de sus relaciones sociales son expresiones de violencia. Implican limitaciones a sus gustos y asumir conductas que satisfagan al marido/novio en detrimento de su satisfacción y realización personal. Cuerpos sin dueño (I)
Lo que ocurre es que admitimos estas prácticas como algo normal y no nos percatamos de que el dominio masculino sobre la mujer, el acoso y los celos, por ejemplo, tienen un impacto psicológico dañino, laceran la dignidad de las féminas y pueden desencadenar situaciones más agresivas contra la salud física y mental de ellas.
La semana pasada hablamos de creencias machistas afianzadas en el imaginario popular como que el varón puede prohibir determinadas prendas de vestir a su pareja, que las mujeres que se visten “provocativas” son responsables de la reacción sexual (no deseada por ellas) de los hombres porque “son hombres” y que los celos y el control son sinónimo de amor. Esta vez les traigo, una cuarta propuesta para reflexionar: la peligrosa prueba de amor de la adolescencia.
Sí, esa que piden los novios como muestra irrefutable de que se les quiere: tener sexo.
No es preciso ser especialista. Basta con haber sido adolescente para saber que a esa edad el amor es una revelación para la mayoría, sin importar el género. Es un aprendizaje continuo de nuevas experiencias, una vorágine de emociones y afectos que convierten las relaciones de pareja en algo primordial por varias razones: curiosidad, descubrimiento de la identidad sexual, necesidad de la aprobación y admiración de sus coetáneos, entre otras.
No hay que olvidar que esa edad es el tránsito biológico, social y cultural hacia la adultez y que, en ese camino, las relaciones sexuales son una pauta importante del cambio. Cuándo y con quién iniciarlas no siempre es decisión de las chicas; a veces son los chicos quienes aceleran el comienzo y, de paso, atropellan ilusiones, deseos y proyectos de las muchachas que, por temor a ser dejadas, aceptan.
Pero, un momento. Antes de seguir debo aclarar algo: no se trata de que todas las y los adolescentes “deben” tener relaciones sexuales porque sea “natural” a esa edad. Me refiero a este tema porque es lo que más ocurre.
Por tanto, nos guste o no, es una situación real y hay que afrontarla con muchachas preparadas para decir NO a lo que no desean o no desean todavía. Y yo daría tres razones para hacerlo: 1) para que no sean víctimas del control de otra persona sobre su cuerpo; 2) porque el inicio temprano de las relaciones sexuales acarrea problemas como el embarazo en la adolescencia y las enfermedades de transmisión sexual; y 3) porque a veces la experiencia sexual no va acompañada de madurez y capacidad de discriminar situaciones -aparentemente inofensivas- en las cuales las muchachas son usadas para la diversión de los hombres (fiestas, salidas, etc.) y, no ser virgen las ayuda a no temer consecuencias porque a fin de cuentas “qué pueden hacerle que ya no le hayan hecho”.
Bien aclarado este punto, vayamos al grano: nos toca a los padres, profesores y a todo adulto que tenga una relación cercana con los adolescentes contribuir a que las jovencitas visibilicen las situaciones en que son víctimas de presiones, amenazas y sean capaces de enfrentarlas. Para eso hay que darles confianza: lo primero es establecer una buena comunicación.
En ese juego tortuoso de decidir si quedar bien con el novio o consigo misma, es definitorio muchas veces contar con padres dispuestos a escuchar las preocupaciones de su hija y a responder con franqueza, incluso sobre temas “incómodos”, como suelen resultar los alusivos al sexo.
Pero esa confianza no comienza el día que te enteras de que ya tiene novio; debe creer en ti como madre/padre desde que tiene uso de razón, tiene que saber que puede decirte lo que sea y que más allá de los regaños tendrá un aliado/a incondicional para recibir consejos, ayuda, respeto y sobre todo comprensión.
Lo otro es que desde pequeña le enseñes que su cuerpo es suyo y que nadie tiene derecho a obligarla a hacer nada que ella no desee, y durante la adolescencia ayúdale a informarse sobre las formas de violencia, incluso las más solapadas y sutiles, para que pueda identificarlas y detenerlas.
No me atrevería a dar recetas al respecto porque no soy especialista en el tema pero pienso que sería útil, además, que los adultos busquemos información sobre salud sexual, reproductiva y sexualidad, ya sea indagando en los servicios de Salud, leyendo o mediante los medios de comunicación. Lo importante es que podamos orientarlas y evitar que nos oculten lo que les pasa y prefieran el consejo de los amigos de su edad.
Muchas personas confían en obligar a las y los adolescentes a la abstinencia, pero me parece más importante estimular valores personales como el respeto a su cuerpo, a las decisiones de los demás, a la vida y al ejercicio de la sexualidad.
Y una última cosa, si los adultos no enseñamos a nuestros jovencitos que presionar a las muchachas para tener sexo es una forma de violencia –eso merece un análisis aparte, para el cual ahora ya no queda espacio-, será más difícil erradicar un problema que puede tener muchas consecuencias. Para tener hombres de bien, hay que enseñarles que el cuerpo de una mujer solo es de ella, y por tanto las decisiones en materia de amor las toma ella. Respetar ese derecho sí que es una prueba de amor.