La ciudad de Santiago de Cuba, nuestra urbe hermosa, se ha ido embelleciendo en los últimos tiempos con el esfuerzo de los propios pobladores y de las autoridades del territorio. El proyecto “Santiago Arde” es la mejor muestra de eso, pues ha revitalizado numerosos barrios para que sus habitantes tengan mayor confort.
Nuevos parques, tiendas, restaurantes, áreas recreativas... y muchos otros proyectos han tomado forma en la tierra indómita. Sin embargo, su mantenimiento no debe considerarse tarea exclusiva del Estado, pues la mayoría de dichas obras, al servicio de la sociedad, demandan de nosotros mayor cuidado y protección.
“Es deber de cada uno cuidar la propiedad Pública y social, acatar la disciplina del trabajo, respetar los derechos de los demás, observar las normas de convivencia socialista y cumplir los deberes civiles y sociales”.
Así lo expresa el artículo 64 del capítulo VII de la Constitu¬ción de la República; pero lo triste es que la falta del sentimiento de pertenencia colectiva, como identificación de aquello que es fruto del esfuerzo conjunto, lleva a muchos por los caminos de deshonestidad y egoísmo a destruir lo que el pueblo trabajador construye.
Escribir en las paredes, rallar sillas y mesas, destruir bancos, ómnibus u otros objetos creados con fin público; arrojar papeles y desechos al suelo, tirar las colillas de cigarros; permitir que en hospitales, escuelas y parques, aparezcan visibles señales de descuido, suciedad o de robo, incluso al poco tiempo de restaurados, es verdaderamente imperdonable.
Estos hechos y conductas reflejan, ante todo, mala educación y baja sensibilidad ante el esfuerzo que se hace para garantizar el bien común. Sobre todo cuando se conoce que tales logros son resultado de un alto costo tanto desde el punto de vista de la inversión para la adquisición de determinados equipamientos, como del esfuerzo humano para erigir la obra.
Las causas tienen que ver por un lado con la pérdida de muchos valores en la sociedad, como la responsabilidad, la conciencia social y el sentido de pertenencia; y por otro con la falta de exigencia, supervisión, y de ejemplo, por parte del personal que labora en las instalaciones, quienes deberían ser los primeros en velar por su cuidado y pulcritud.
Todos, en mayor o menor grado, hemos maltratado alguna vez nuestra ciudad; no obstante, siempre podemos cambiar nuestras actitudes. Y cuando veamos a alguien haciendo algo incorrecto, que dañe la imagen que se ha logrado hasta ahora, señalemos lo mal hecho con toda amabilidad; porque la convivencia implica que lo que hace uno afecta a todos.
Santiago de Cuba transforma su rostro gracias al esfuerzo colectivo, y es responsabilidad de cada habitante de este territorio suroriental mantener la ciudad bella para orgullo de los santiagueros y el asombro de quienes nos visitan, en aras de un lugar realmente placentero.
Es nuestro deber rescatar esos valores perdidos para lograr una urbe más limpia, ordenada y sobre todo... disciplinada. Cambiemos nuestra mentalidad... dejemos de preocuparnos por lo que nos falta y comencemos a disfrutar y cuidar lo que ya tenemos.