Se quedó sola atendiendo a su madre. Cada hermano tiene un motivo para no asumir el cuidado de la anciana nonagenaria: uno con mucho trabajo, otro sin “condiciones” en su hogar para tenerla y el otro no puede llevarla a casa porque la esposa se niega a esclavizarse con la suegra. Para todos ella es la indicada pues, a fin de cuentas, es la única “hija hembra” y también heredará la casa.
En esas razones refugian su conciencia cada vez que alguien les pregunta cómo está la viejita, y tienen que explicar que su hermana lidia diariamente con episodios de incontinencia urinaria y fecal porque ya la madre no logra ir al baño, ni avisa cuando tiene que hacerlo; que la hermana vive encerrada por temor a que la anciana salga, pues deambula sin reconocer lugares… ya ni siquiera recuerda que está en su casa; o que a veces se pone agresiva y le hace arañazos a la hija, o la insulta, mientras que en otras ocasiones se deprime mucho y se niega a comer, a bañarse… en fin, que su madre y hermana conviven con la demencia senil.
Las responsabilidades de la hija no acaban ahí: un hermano dejó de trabajar y como pasa el día viviendo “del invento” ya no puede aportar dinero para las necesidades de la anciana; otro ayuda a veces porque tiene que cubrir los gastos de su casa; y el otro, como entiende que su hermana también es hija de la señora, decidió hacer cálculos y no gasta en su madre más que lo que le correspondería si todos contribuyeran a partes iguales.
De ahí que comprar culeros desechables sea imposible, pues son muy costosos, y a ellos les parece suficiente con que a la cuidadora no le falte jabón de lavar. Tampoco traen alimentos sistemáticamente, pues con lo poco que come la viejita, si ella sabe racionar bien, le alcanzarán los víveres y cárnicos de la canasta básica. Y claro, si la hermana se enferma y necesita ir al médico, ellos colaboran y cuidan a la madre una o dos horas, así nadie puede negar que la apoyan y que se preocupan por su bienestar.
Sin embargo, todos olvidaron que ella también necesita trabajar, hacer vida social, dedicarse un poco más a sus hijos, a su pareja, a sí misma… No saben cuántas lágrimas le cuesta el encierro, ni el cansancio y la desesperación que le socaban el deseo de vivir cada vez que, tras una intensa jornada de trabajo doméstico tiene que volver a lavar y a baldear porque la anciana no llegó a tiempo al baño.
Nadie imagina cuánto extraña pasear, ejercer su profesión, arreglarse el cabello y las uñas, maquillarse, o tomarse un café con sus amigas…
A quién le importa que esté extenuada y fea, que ya el marido no le proponga salir ni la desee porque la sabe exhausta, y tal vez ahora encuentra lejos de casa las alegrías que antes solían compartir…
Resulta que se ha vuelto peleona, tiene dificultades para dormir, en ocasiones se deprime, y todavía los demás se quejan de su “negatividad”.
No piensan que ella también tiene proyectos, necesidades, sueños… que tiene una vida; y que, si bien ama a su madre y está dispuesta a cuidarla, no puede ser la única. No viene al caso hablar de herencias, no hay bien material que recompense el desgaste físico y las emociones difíciles; los demás olvidaron que cada adulto capacitado mental y físicamente, tiene la obligación de asumir el costo del cuidado de sus padres…
La demencia es una enfermedad que puede aparecer a cualquier edad, y casi siempre genera situaciones difíciles para la familia, que no solo tiene que ver con dolor cómo cambia la personalidad del enfermo, cómo agrede o desconoce a sus seres queridos, sino que impone nuevas tareas domésticas, nuevas decisiones e incluso, renunciaciones.
El paciente que tiene un déficit progresivo de sus funciones cognitivas hasta quedar incapacitado para resolver problemas y realizar tareas cotidianas, generalmente sufre pérdida de la memoria y es lamentable pero normal. Sin embargo, más lamentable es que los síndromes demenciales generen en el entorno familiar la cómoda postura de depositar en una sola persona las responsabilidades de todos. En estos casos “olvidar” lo que a cada quien le toca, es cruel e imperdonable.