
“Fumar daña su salud”... ¿cuántas veces no nos hemos reído leyendo estas palabras en las cajetillas de cigarros? Es irónico, ¿verdad? Pero el daño es tan real... que da miedo. Tal vez algunos eligieron asumir los riesgos; sin embargo, no todos tienen la posibilidad de esa elección, pues el llamado “humo de segunda mano”, puede resultar aún más peligroso.
Estudios realizados en nuestro país han arrojado que el 54% de las familias está expuesto al humo de tabaco ajeno en el hogar. Dentro de esta cifra, el 51% son embarazadas, el 55% menores de 15 años, y el 60% son adolescentes. Tales números resultan preocupantes, sobre todo si se tienen en cuenta las afecciones que esta exposición puede traer consigo a corto, mediano y largo plazo.
Muchos niños entran en contacto con las sustancias tóxicas provenientes del tabaco como la nicotina, el monóxido de carbono, el alquitrán, y otras, incluso antes de nacer, cuando la madre embarazada es fumadora. Tales elementos pasan al feto a través de la placenta, reduciendo el espacio para el oxígeno, acelerando el ritmo cardiaco y alterando el crecimiento y desarrollo normal de algunos órganos.
En esta etapa de gestación, los especialistas consideran que tiene lugar un menor desarrollo de los pulmones y el cerebro de los bebés, lo que implica luego un mayor riesgo de trastornos de aprendizaje y de conducta en la niñez y adolescencia; además de que resulta un factor desencadenante de malformaciones congénitas como el labio y paladar hendido (labio leporino).
Por otro lado, al tabaquismo se asocia el bajo peso en el recién nacido, el crecimiento retardado, abortos, y síndrome de muerte súbita infantil; para que tenga una idea del peligro, se dice que con cinco cigarrillos que la madre fume durante su embarazo, puede producirse todo lo anterior.
Si eso es sin nacer, imagínese qué puede provocar el humo en los fumadores pasivos involuntarios, como los niños. Una de las características de los infantes es que respiran más rápido que los adultos, por lo que aspiran más productos químicos nocivos por kilogramo de peso; de ahí que la exposición al humo de tabaco en el ambiente es especialmente dañina en ellos.
Los hijos de padres fumadores tienen más posibilidades de sufrir infecciones respiratorias, asma, neumonía, bronquitis, infecciones en el oído; son mayores las probabilidades de que sean alérgicos a varias sustancias y a algunos alimentos; pueden presentar problemas en la piel, caries, etc.
Según un estudio publicado en la revista European Heart Journal, el humo del cigarro provoca daños irreversibles en la estructura de las arterias de los niños, lo que significa que tienen mayor riesgo de enfermedad cardio y cerebrovascular cuando sean mayores. Y argumentan además que hasta el 15% de los tumores en la infancia se relacionan con el tabaquismo pasivo.
Esta exposición puede provocar diabetes y obesidad, por lo que disminuye la calidad de vida. Si a eso le sumamos que a largo plazo aumenta las probabilidades de que los hijos de fumadores, también lo sean al llegar a la adolescencia, entonces se comprenderá el por qué el 90% de los fumadores han adquirido el hábito en esta etapa.
Es sabido que los adolescentes son fuertemente influenciados por el medio en el que se desenvuelven, y generalmente tienden a imitar las conductas de quienes le son allegados; además de otras razones diversas como dar la impresión de ser mayores, sentirse independientes, hacerse los interesantes. Y del humo al consumo..., pocos pasos.