Laura y Alejandra tienen un “ritual” con la bandera cubana: cuando la ven ondear a la entrada del círculo infantil, puñito en alto, intentan repetir lo que escucharon por primera vez en una calle colmada de gente que gritaba triste "yo soy Fidel".
En la inocencia de su único año de edad, las cinco franjas con triángulo y estrella tienen como sonido de fondo esa frase que a muchos nos truenan en el alma.
Claro, ellas no saben quién es el Fidel que somos tantos, ni imaginan qué tremendos sentimientos entrañan esas tres palabras, pero en sus bracitos levantados, como en la voz del pueblo cuando evoca al Comandante, hay esperanza.
La gente en Cuba es fidelista, incluso antes de saberlo, podría decirse que para millones de cubanos es parte de su idiosincrasia. Durante décadas lo hemos seguido, no por la conveniencia hipócrita de concordar con el gobierno, sino porque todos de algún modo tenemos sueños cumplidos o tristezas menguadas gracias a Fidel: una profesión en ascenso, una enfermedad controlada o curada, un parto feliz que parecía imposible, la alegría de los niños jugando en calles seguras, hay mil motivos que de tan cotidianos pasan desapercibidos.
Fidel nos enseñó a vivir en el ojo del huracán, a sortear los embates de un mundo en el que somos disidentes y eso de oponerse al orden del fuerte pisoteando al débil tiene un precio que con él nos atrevimos a pagar. Hizo de Cuba una nación respetable a fuerza de dignidad, de solidaridad incondicional y amor hacia la humanidad, y eso vale más que un país de ensueños.
No hace falta que nuestra fe en sus ideas nos la bendiga nadie desde un sillón presidencial en una opulenta mansión... Quién puede escuchar a los desagradecidos si más alto habla África libre del régimen discriminatorio del apartheid y sin el ébola mermando sus pueblos; si más alto se oye el amor de los niños ucranianos con cáncer que Cuba atiende desde el accidente nuclear de Chernobil; si más nos importan los ojos que han visto la luz de la Operación Milagro...
Este pueblo se las ingenia para vivir con poco y se hace cargo de lo que cuesta ser fidelista, no porque a todos nos apasionen las cuestiones de política, ni los discursos que a falta de creatividad a veces llueven sobre mojado, sino porque de algún modo la vida de cada hijo de esta tierra está profundamente marcada por su labor revolucionaria.
“El caballo”, como cariñosamente lo llamamos, se puso los arreos de la historia de Cuba y tiró de ella hasta hacerla cambiar de rumbo. Se atrevió a derrocar un gobierno que aupó a los gansters y políticos corruptos, mientras lo mejor de la juventud aparecía hecho cadáver en los caminos desiertos.
El Comandante sabía vencer los imposibles, y nos convenció de sueños que ni siquiera teníamos como nación. Hizo que niños y jóvenes alfabetizaran este país; demostró que podíamos resistir los tajos de un terrorismo mutilador y aprender a combatirlo desde sus entrañas; y en medio de una precaria situación económica logró desarrollar las artes, la ciencia y la medicina de este país, al punto de que haya miles de cubanos por todo el mundo sembrando cultura y salud en un planeta plagado por la guerra y la desigualdad.
Por eso la frase "yo soy Fidel" tiene la misma fuerza escrita en el rostro de un niño, en un cartel hecho de piedras sobre la tierra o en el corazón de quienes trabajamos por una sociedad mejor.
Como miles de pequeños cubanos, Laura y Alejandra encontrarán en los libros, en los museos, y en la memoria popular, relatos que evoquen a aquel optimista inteligente, capaz de lo hermoso e inmune a las bajas ambiciones, que no quiso nunca más premio que la esperanza estampada en el rostro de su gente. Descubrirán un hombre hecho país, más que un héroe, un cumplesueños.