¿A modelar en la escuela?

Categoría: Opinión
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moda y uniforme escolar cubaEl de la moda es un fenómeno que se nutre de las más disímiles influencias. Parte lo mismo de las preferencias individuales, que del grupo en el que se desenvuelve el individuo o los estereotipos que inevitablemente inundan el entorno social.

Es por ello que el modo de vestir no puede ser un termómetro para medir los valores humanos o las virtudes. No se puede juzgar a nadie porque decida ponerse tal o más cual prenda, o convertir su cabello en un cuadro de arte abstracto. Sin embargo, hay límites infranqueables en relación con cómo lucir en dependencia del lugar donde nos encontremos, y uno de esos espacios que no deberían verse inundados por el fenómeno de la moda, es precisamente la escuela.

No es un secreto que los tiempos cambian, y que incluso a la hora de usar el uniforme escolar, no se puede establecer comparaciones con épocas pasadas. Lucir bien en la escuela no es una tendencia negativa y mucho menos atenta contra ciertas normas elementales de comportamiento. El problema comienza cuando se acortan las distancias entre el “cómo vestirse” para realizar actividades colaterales al estudio y lo que establece el reglamento escolar.

De una forma para nada solapada, la diversidad de tendencias que adquiere el “look”, se ha entronizado en ese espacio donde todo debe tener un orden, y las únicas diferencias deberían estar marcadas por el interés que ponga cada quien en superarse académicamente. A pesar de que la gran mayoría de nuestro pueblo conoce las normativas del sector educacional, las modas callejeras son visibles entre las filas de estudiantes, incluso, en la enseñanza primaria.

Lo mismo llegan al centro con los pelados más insospechados, que convierten las prendas del uniforme en un reflejo de las tendencias que priman en el entorno ajeno a la escuela. Existe un irrespeto preocupante hacia ciertas normas que complementan el proceso docente educativo.

Lo dicho hasta aquí es solo una somera descripción del fenómeno, pues detrás de lo que se percibe a simple vista hay otra arista que merece tanta o más atención que el problema en sí, porque hay quienes tienen la responsabilidad de hacerle frente de disímiles maneras y no cumplen con ese deber.

Hay familias, por ejemplo, que ven esas actitudes como normales. No les interesa la forma en que sus hijos se visten para asistir a clases y en no pocos casos, les celebran su decisión o al menos no les hacen frente. No ejercen su papel como reguladores y orientadores de los miembros más jóvenes del hogar. Les da lo mismo que los pantalones de uniforme ape­nas cubran la pelvis y que las sayas y blusas parezcan haberse encogido por lo cortas y estrechas.

Más preocupante aún es que haya directores, profesores guía, en fin, educadores, que finjan ser ciegos ante las violaciones de un reglamento que permite mantener el orden, la disciplina y la uniformidad de todos los centros educacionales del país.

La moda no se hizo para las escuelas y creo que en algún momento ese principio comenzó a deteriorarse. Es tarea de todos recuperar ese espacio vital para la formación de las nuevas generaciones. Es inevitable que los educandos sean influenciados por fenómenos que, como la moda, inundan la sociedad, pero lo que sí se debe impedir es que se utilicen las áreas de la escuela como pasarela para exhibir el último grito.

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