La torre cónica, trunca, blanca, emerge de la tierra como si buscara el cielo. Así la piedra perpetúa la memoria de aquel día de mayo en el que 1895 dejó de ser un año, y se convirtió en umbral por donde entró un cubano a la eternidad.
La Ley de Reforma Agraria, que erradicó el latifundio e hizo dueños de la tierra a quienes la trabajaban, provocó de inmediato la ira irracional de los afectados, con el apoyo total del gobierno de los Estados Unidos. Los poderosos, los explotadores, no se resignaban a perder sus privilegios. Pero los cubanos redimidos no se amedrentaron. Y la Reforma Agraria fue. Muchos de los principales latifundistas eran norteamericanos. Y otros muchos nacionales se refugiaron de inmediato en ese país, donde recibieron un respaldo incondicional. No podían ocultar la validez de la Ley, pero hicieron todo lo posible por obstaculizarla.
Fidel siempre tuvo confianza en el carácter revolucionario del campesino cubano. Había estudiado el papel de ellos en las luchas independentistas del siglo XIX, y sabía que apoyarían la insurrección armada como lo habían hecho antes.
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