Mi abuela me enseñó cuando niña la canción favorita de Vilma Espín. Desde mi casa, a cuadra y media de su Memorial, pueden olerse en las noches las piscualas que sembraron allí, cuyo olor amaba. Una mujer santiaguera que nunca quiso quedarse en casa, haciendo las cosas que por tradición le tocaban. Una mujer cubana que entregó su sudor y puso en peligro su vida por un país entero. Una mujer con la fuerza suficiente para ayudar a otras a romper patrones centenarios, y lograr sus metas.

Si todos los días del año recordamos a esta gran figura, el 18 de junio rememoramos más su nombre con nostalgia, con lágrimas en los ojos porque hace 12 años ya no está físicamente entre nosotros; partió hacia la eternidad pero antes de esto dejó su impronta, se trata de nuestra eterna presidenta, aquella que enseñó a las mujeres a luchar por sus derechos; sí, se trata de Vilma Espín Guillois.

Hubo el hecho que quedó grabado de manera indeleble en el alma de nuestro pueblo: la participación de los dominicanos en la lucha por nuestra independencia, el papel de aquel genial hijo de este país que fue y es Máximo Gómez, quien llegó a convertirse en una de las figuras más extraordinarias de nuestra historia. No sabemos, o mejor aún, no me atrevería o no intentaría discutir si era cubano o era dominicano.

