El Ché Guevara se convirtió en el máximo mito revolucionario del siglo XX. Fue un icono de la juventud de Mayo del 68, y su figura ha quedado como símbolo atemporal de elevados ideales de libertad y justicia que, como los héroes de antaño, juzgó más valiosos que la propia vida.
No es que cada 6 de octubre la herida vuelva a abrirse. Es que nunca ha cerrado. Cuba desde aquella tarde del atentado a una nave de Cubana de Aviación en Barbados, jamás ha dejado de llorar a sus hijos, masacrados junto con norcoreanos y guyaneses en nombre del terrorismo y por el solo hecho de ser el nuestro un país digno, independiente, que no claudica.
La sola mención de su nombre- o simplemente decir: el Che, nos trae a la mente la imagen de un héroe cuyas hazañas lo agigantana en nuestra memoria.
