El 20 de mayo, pero hace 119 años atrás, en 1902 quedó constituida la República de Cuba, naciente junto a la forma de gobernación que habría de llamarse neocolonia de los Estados Unidos.
Tras el Tratado de París, que estableció, entre otras pautas, la repartición de las colonias de vencedores a vencidos, se sentaron las bases para la ocupación militar en la Mayor de Las Antillas. Cada uno de los siete departamentos comandados por un General de Ejército en que se dividió la Isla principal, se encontraba bajo la égida del Gobernador militar John R. Brooke.
Las características de tratados comerciales leoninos, deformación de la economía nacional, penetración de capital foráneo, conformación de una ligera burguesía, sentaron sus bases en esta etapa mediante la concesión de terrenos públicos y particulares para el desarrollo de la minería y la industria tabacalera con inversión y derecho a propiedad de extranjeros.
En 1899 Leonard Wood, entonces gobernador de Santiago de Cuba, sustituyó a Brooke para introducir su proyecto de “americanización” total del país. Pese a que los cubanos se habían ganado en las luchas por la independencia y libertad su derecho a la autodeterminación, el Gobierno norteamericano convocó a una Asamblea Constituyente que tendría la obligación de redactar y aprobar una Constitución para la República.
En esta se delimitarían las relaciones entre ambas Naciones, la cual fue complementada posteriormente con la Enmienda Platt, con el objetivo de garantizar el dominio sobre Cuba a través del poder económico con el arrendamiento de estaciones navales y carboneras, y el político para intervenir según sus conceptos de “gobiernos adecuados”.
Sellado así con un Tratado Permanente que perpetuaría su conquista sobre tierras de Cuba. Así nacía el 20 de mayo de 1902 la República, con una falsa soberanía de apellido ilegítimo, no de aquel soñado por los padres fundadores ni por los mambises ni patriotas.
Surgió con la Presidencia primera de Tomás Estrada Palma, el “ahorrativo”, el casi derrocado en su intento por un segundo período de mandato, el que solicitó una nueva intervención militar.
Una República inestable garantizada por títeres y gobiernos de turno, que generaron males sociales incalculables para quienes en su pomposidad, no alcanzaban a mirar más allá de sus narices.