Rememorar la historia es algo que nos fortalece y nos llena de valentía para luchar por la continuidad de la Revolución cubana. Hechos como el ocurrido el día 5 de enero de 1961 con el asesinato de Conrado Benítez por manos de esbirros de la tiranía hace que nos hierva la sangre.
Cuanto odio hacia una obra humana que por aquellos días se gestaba, era llevar la luz del saber a cada rincón de Cuba, el objetivo, alfabetizar a toda una población que por años estuvo sumida en la ignorancia.
La Revolución triunfante con su líder Fidel Castro, convocó a las personas que supieran leer y escribir para enseñar a la población, cientos de jóvenes dieron el paso al frente y uno de ellos fue Conrado Benítez, quien solo tenía 18 años.
Su delito, ser negro y anhelar ayudar a otros, fue por eso que decidieron apagar su vida. El asesinato del maestro Conrado Benítez figura como el primer acto de terrorismo contra el magisterio aplicado por enemigos de la naciente Revolución cubana.
Integrantes de la principal banda de alzados del Escambray, que cumplía instrucciones de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de los Estados Unidos, fueron los autores de ese crimen horripilante. El hecho formaba parte del programa de acciones encubiertas contra Cuba aprobado por el presidente de aquella nación, Dwight D. Eisenhower, en marzo de 1960, las cuales, hasta diciembre de 1961, habían cobrado muchas vidas entre los estudiantes, los maestros voluntarios y los alfabetizadores que llevaban la luz del saber por los rincones de la Isla, así como de los campesinos que los apoyaban y daban cobijo.
Conrado nació en Matanzas, el 19 de enero de 1942. Hijo de una numerosa familia humilde, era estudiante de bachillerato cuando acudió al llamado urgente realizado por las autoridades revolucionarias para suplir la carencia de educadores en un país con más de un millón de analfabetos y bajos niveles de escolarización.
En el campamento El Meriño, cerca de Minas del Frío, Sierra Maestra, recibió su preparación y ya en el mes de septiembre fue ubicado en la localidad de Pitajones, Trinidad, donde en una improvisada aula reunió cada día a los niños y en las noches a los mayores. Allí se integró a la comunidad y ganó el afecto de los campesinos a quienes ayudó en sus labores.
En la tarde del 4 de enero de 1961, al regreso de sus vacaciones, Conrado Benítez y Magaly Olmos López se enrumbaron a sus respectivas aulas en el Escambray. En el trayecto, para no continuar camino de noche, ella prefirió quedarse en la casa de un campesino. Él, sin embargo, decidió continuar hacia La Sierrita. Llevaba juguetes que había comprado para sus pequeños alumnos y estaba ansioso de ver la reacción de aquellos niños al recibir los regalos.
Al anochecer, Conrado llegó a su destino y se retiró a descansar, pero fue sorprendido por un grupo de hombres armados que lo golpearon, le ataron las manos a la espalda y lo secuestraron. Después de una larga caminata desde La Sierrita hasta Las Tinajitas, en San Ambrosio, Trinidad, llegaron al campamento donde los esperaba Osvaldo Ramírez. Este había sido aprobado siete días antes por el agente de la CIA Ramón Ruisánchez (Comandante Augusto) al mando de las bandas de alzados en el Escambray, y tenía la indicación de sembrar el pánico entre la población campesina, así como frustrar los planes de desarrollo económico y social de Cuba.
A Conrado lo introdujeron en una jaula forrada con una malla de alambre, donde tenían también al campesino Eleodoro Rodríguez Linares, Erineo, conocido en la región por su participación en la lucha insurreccional contra la tiranía batistiana y su apoyo a la Revolución. Ramírez prometió al joven maestro que si traicionaba sus ideales y se incorporaba a sus tropas le perdonaría la vida. Con firmeza, el joven respondió que él era maestro y no abandonaría a sus niños cuando más lo necesitaban. Aquella respuesta irritó al bandido, quien escribió una nota cargada de odio, anticomunismo y racismo, donde anunciaba la muerte pavorosa que le daría al muchacho.
En la mañana del 5 de enero, Ramírez ordenó sacar de su encierro a los prisioneros. Tres alzados se erigieron en una suerte de “tribunal” y los acusaron de “comunistas”, presentando como “pruebas” que Erineo había sido combatiente del Ejército Rebelde y el carné de maestro voluntario y los cuadernos de enseñanza de Conrado.
Al mediodía, cuando los bandidos conocieron que las Milicias se encontraban en la zona de Ciego Ponciano, Ramírez decidió abandonar el campamento, pero antes dio la orden de matar a los dos prisioneros. A la hora que el sol más calentaba, el odio y la saña cayeron sobre el maestro: lo martirizaron, le lanzaron piedras, lo pincharon con cuchillos y bayonetas. Cuando ya se encontraba en muy mal estado físico, le cortaron los genitales y lo ahorcaron. A seguidas, Erineo corrió la misma suerte.
No pudieron, sin embargo, apagar la llama que ya se había encendido en Cuba. Meses después, el país fue declarado libre de analfabetismo y el nombre Conrado Benítez ilumina a muchos que siguen el camino de la enseñanza y se miran en el ejemplo de aquel “verde joven de rostro detenido”, como lo llamara Nicolás Guillén.
Su vida sirvió de ejemplo a los cien mil jóvenes estudiantes que engrosaron las Brigadas "Conrado Benítez" y fueron la fuerza fundamental de la Campaña de Alfabetización realizada en toda Cuba el propio año de su muerte.