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Y la historia absolvió a Fidel
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- Categoría: Historia
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Cuando el 16 de octubre de 1953, el joven revolucionario Fidel Castro fue juzgado por los hechos del 26 de julio de ese mismo año, le nació a la patria cubana un programa de lucha para derrocar al tirano Fulgencio Batista y ganar el derecho a construir una sociedad nueva, con todos y para el bien de todos, como había soñado el Apóstol José Martí.
En su alegato de autodefensa, conocido como La historia me absolverá, el máximo jefe del asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, hizo una contundente denuncia a los crímenes de la tiranía, a las mentiras para encubrir esos asesinatos, al tiempo que expuso con claridad los males políticos, económicos y sociales que aquejaban a la nación cubana, insolubles bajo el sistema social imperante en Cuba.
En seis aspectos esenciales sintetizó el acusado, convertido en acusador, la desoladora situación del pueblo cubano en aquellos momentos. El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema del desempleo, el problema de la vivienda, el problema de la educación y el problema de la salud.
Como él expresara después del triunfo de la Revolución, La historia me absolverá no era un programa socialista. Era en aquellos momentos, a lo que era apropiado aspirar, intepretando los intereses del pueblo cubano. Y fue –durante el juicio- claro en su concepción defendida para la hora de la victoria: “A este pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: te vamos a dar, sino: ¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la independencia!”
Una afirmación del General de Ejército Raúl Castro, refiriéndose a la trascendencia del asalto moncadista, define con claridad los objetivos de aquella acción, contenidos en la exposición de Fidel ante el tribunal que lo juzgó y condenó: “Aquel no era el asalto a una fortaleza para alcanzar el poder con la acción de un centenar de hombres: era el primer paso de un grupo decidido para armar al pueblo de Cuba e iniciar la Revolución”. “No era una acción para quitar simplemente a Batista y sus cómplices del poder; era el inicio de una acción para transformar todo el régimen político y económico-social de Cuba y acabar con la opresión extranjera, con la miseria, con el desempleo, con la insalubridad y la incultura que pesaban sobre la patria y el pueblo”.
Aquí, en Santiago de Cuba, en la pequeña sala de enfermeras del hospital civil, a la cual se había trasladado la sesión del juicio para tratar de condenar al silencio lo que dijera el acusado, conducido hasta el local esposado, rodeado de amenazantes bayonetas y de soldados batistianos, Fidel habló con firmeza, claridad y valentía, para que no se engañaran ni amigos ni enemigos, tal como él mismo expresó.
En aquel momento, la censura se encargó de que la población no conociera los detalles de la autodefensa fidelista. Pero luego, desde la prisión de Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), el documento fue cuidadosamente revisado, sacado de allí de forma clandestina y editado en varios miles de ejemplares difundidos también ocultamente. Así, en manos de los revolucionarios de entonces – y de otros muchos que lo serían después- las ideas expuestas en La historia me absolverá se fueron convirtiendo en convicciones y las convicciones en acciones que condujeron a todo el pueblo a la lucha.
Fidel fue condenado a 15 años de prisión. Su hidalguía durante el juicio fue impresionante. Y al final, más impresionante fue su posición como abogado de sí mismo: “Termino mi defensa, pero no lo haré como hacen siempre los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es concebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón”.
Y para cerrar, las históricas palabras que dieron origen al nombre con el cual se conoce su alegato: “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, ¡La historia me absolverá!”
El régimen tiránico de Fulgencio Batista y su jauría de asesinos, explotadores y ladrones, pensaron que encerrando a Fidel encerrarían sus ideas. Pero esas ideas se fortalecieron en la prisión, se engrandecieron en el exilio, navegaron en la expedición del Granma, escalaron la Sierra Maestra, se expandieron por los llanos y ciudades del país, hasta que como luces de alborada resplandecieron el 1ro. de 1959, con la victoria de la Revolución cubana.
Son muchos los que en otras latitudes reconocen hoy – y así lo han expresado- que la historia no solo absolvió a Fidel, sino que le ha reservado un lugar prominente, además de en Cuba, en el corazón de millones de seres humanos que en el mundo lo han conocido en toda su dimensión humana y revolucionaria, patriótica, internacionalista y antimperialista.

