Más de siglo y medio nos separa de aquella mañana en que Carlos Manuel de Céspedes, enterado de que las autoridades españolas habían decretado su detención, liberara a sus esclavos en la finca Demajagua y comenzara la gesta independentista cubana.
Con la lectura del Manifiesto del 10 de Octubre, expuso los principales objetivos de la guerra: la independencia total de España y la gradual abolición de la esclavitud a cambio de una indemnización a los terratenientes.
Céspedes es uno de los que mejor define la situación de la época: “Nadie ignora que España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado”. La metrópoli no garantizaba la seguridad en las propiedades coloniales, imponía tributos y contribuciones a su antojo y suprimía toda libertad política, civil y religiosa. Negaba el derecho de reunión, si no era bajo la presidencia de un jefe militar. Los cubanos no podían pedir el remedio a sus males, sin que se les tratara como rebeldes, y no se les concedía otro recurso que callar y obedecer.
Era el momento del cambio. Frente a unos 500 habitantes del batey Demajagua, el joven abogado expresó: "Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de libertad e independencia de Cuba". Comenzaba así una lucha nacional-liberadora, democrática y antiesclavista.
Al inicio de esa Revolución, José Martí estudiaba en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Cuando llega la noticia del estallido insurreccional, escribe el soneto ¡10 de Octubre!, tomando partido por la causa independentista como única vía para la libertad en Cuba.
El 10 de octubre de 1868 significa para los cubanos la antorcha que una vez encendida no se apagará mientras exista un revolucionario dispuesto a mantenerla en alto.