El 9 de junio de 1870, en Inglaterra, moría Charles Dickens. Fue uno de los más destacados escritores de la era victoriana. Alcanzó la rara gloria de hacerse famoso y admirado en vida, algo vedado para muchos autores de su tiempo. Sobre todas las cosas, sus novelas reflejaron la triste verdad de su época, e hicieron reflexionar sobre la sociedad y el sufrimiento de los pobres.
Charles John Huffam Dickens nació el 7 de febrero de 1812. Su padre, sin ser rico, despilfarraba mucho, lo cual provocó que la familia se mudase constantemente y viviera entre deudas. No recibió ninguna educación hasta los nueve años, y posteriormente seguiría siendo un gran autodidacta. Se dice que tenía una memoria casi fotográfica y ya de adulto, sería un gran adicto al trabajo. Estudios recientes revelan un hombre con tendencia a la depresión y la ansiedad, que solo lograba acallarlas con la labor excesiva.
La cárcel de deudores alcanzó finalmente a la familia Dickens. El padre fue preso, y la familia tuvo que permanecer junto a él en la prisión, opción que se daba en la época para que no quedasen completamente desamparados. Charles fue llevado a una casa de acogida hasta los 12 años, en que se le consideró apto para trabajar. Hacía jornadas de 10 horas en una fábrica de betún para calzado, donde ganaba seis chelines semanales. Con este dinero, tenía que pagar su hospedaje y ayudar a la familia. A pesar de que el padre fue liberado y la situación fue mejorando, insistieron en que Charles siguiera trabajando en la fábrica, algo que jamás perdonó.
Más tarde, el excesivo trabajo infantil sería tema de su famosa novela “Oliver Twist”, la primera en lengua inglesa en tener de protagonista a un niño. Su sociedad los veía como propiedad de los padres, criaturas semisalvajes sin personalidad propia, a las cuales había que quitar de la cabeza cualquier tendencia a la “rebeldía” mediante una férrea educación. La mayoría de las veces, no se les proporcionaba mucho cariño por miedo a “echarlos a perder”, o eran relegados desde muy jóvenes a internados donde rara vez veían a sus padres.
Sobre esa indefensión, tristeza y soledad infantil habló Dickens. En su novela “David Copperfield”, la más autobiográfica, escribió: “Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estímulo, ningún consuelo, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera recordar. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!”.
Con los años, consiguió trabajo como periodista. Hasta el fin de su vida siguió relacionado con la prensa, de una forma u otra. Sus novelas comenzaron a publicarse por episodios en esos mismos periódicos, pues era la forma en que llegaban a más personas debido al alto precio de los libros. Se casó en 1836, y tuvo 10 hijos, pero su matrimonio se disolvió en 1858, entre rumores de infidelidad por parte del autor, que fueron confirmados cuando Charles, simplemente, dejó de amar a su mujer, y la abandonó por una más joven.
Si todo se hubiera mantenido en privado según los cánones de la época, esto es, sin dejar a la familia original, sin anunciar públicamente la separación, todo hubiera sido aceptado por la “rígida” sociedad victoriana. Pero ya el autor era una figura muy pública. Todo se supo, y aunque el escritor era el culpable, el mundo decidió atacar a Catherine Dickens por no haber sabido “mantener su matrimonio”.
O sea, que en la vida privada no podía decirse que fuera el hombre más perfecto, y es justo decir que su infancia tan traumática tuvo mucho que ver en eso. Sin embargo, como escritor era una estrella que subía a la fama a toda velocidad. La misma reina Victoria era fiel lectora de sus obras. Su gran bestseller fue “David Copperfield”, pero “Oliver Twist”, “Grandes esperanzas”, “Canción de Navidad” y “La tienda de antigüedades” tuvieron gran éxito. Fue el primer escritor en usar la palabra “detective”.
El 9 de junio de 1865, mientras regresaba de Francia para ver a Ellen Ternan, la mujer que lo acompañaba desde su divorcio y probablemente la causa de este, sucedió el choque ferroviario de Staplehurst, en el cual los siete primeros vagones del tren cayeron de un puente. El único vagón de primera clase que no cayó fue en el que estaba Dickens. El novelista pasó mucho tiempo atendiendo a los heridos y moribundos antes de que los rescatadores llegaran.
Su salud nunca se recuperó del accidente. Murió exactamente cinco años después, al otro día de sufrir una apoplejía, sin haber recuperado la consciencia. Quiso ser enterrado en la catedral de Rochester de forma barata, sin ostentaciones y estrictamente privada, pero la sociedad se negó de plano. Descansa en la llamada “Esquina de los Poetas” de la Abadía de Westminster, aunque se procuró respetar su deseo de privacidad, y sin epitafio, solo su nombre y las fechas.
Sin embargo, a su muerte circuló un epitafio impreso, una especie de homenaje por parte de la gente. Decía: “fue simpatizante del pobre, del miserable, y del oprimido; y con su muerte, el mundo ha perdido a uno de los más grandes escritores ingleses”.