Almeida, uno de nosotros

Categoría: Historia
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio / Foto: Tomada de Internet
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almeida en la sierra maestraEl once de septiembre de 2009, nos levantamos temprano y nos formamos en fila en las calles de Santiago. Muchos llevábamos el uniforme escolar. Otros, ya adultos, llevaban flores y lágrimas. El cortejo trasladaba los restos de Juan Almeida Bosque, el comandante del III Frente, que pidió ser inhumado allí. Santiago, la ciudad que lo adoptó como ninguna otra, lo lloraba.


Almeida era uno de once hermanos. Solo alcanzó el octavo grado, trabajó como taquillero, mozo de limpieza y albañil. Fue como esos bardos guerreros de la antigüedad: haciendo canciones mientras liberaba su país, guerrero incansable, sonriente y enamorado; capaz de dejar para siempre a un amor cuando la patria llamaba para el deber cumplir. Jamás entendió de rendiciones.
El joven albañil era uno de los pocos moncadistas que sobrevivió a la masacre que sobrevino al asalto. Llegó vivo al juicio para fortuna de la Revolución. Allí dijo que no se arrepentía, que lo hubiera hecho de nuevo, y se convirtió en el preso 3833, condenado a 10 años de presidio. El tirano Batista cometió entonces el bendito error que marcaría su hora y salvaría a Cuba: quiso congraciarse con un pueblo que ya lo odiaba, y le dio la amnistía a los moncadistas. De mala gana, porque sospechaba lo que vendría.
Fue a México y de ahí surge su obra más famosa, “La Lupe”, una canción de amor y de pérdida. Dedicada a una mujer mexicana y a la Virgen de Guadalupe, habla del sueño de un revolucionario desterrado y errante de volver a su patria para liberarla. Cuando uno escucha La Lupe, sueña con que el don de la ubicuidad sea posible: dividirse en dos, quedarse donde el amor exige y también poder ir a donde el deber reclama. Pero hay que escoger y él lo hizo.
Escogió el deber, que es otra clase de amor. Vino en el Granma. Por el camino, La Lupe, anotada en un papel, se perdió. La reescribió en tierra firme, cuando pudo, porque en Alegría de Pío les esperaba ya la guerra. Entre el caos, Almeida vio al Che, herido en el cuello, oyó los tiros y la orden de rendirse.
Ahí se produjo el milagro de los que hacen único a este pueblo: como si el Agramonte de “¡Con la vergüenza!” hubiera reencarnado, casi un siglo después, en otro cubano: Almeida encontró la frase lapidaria que correspondía. “¡Aquí no se rinde nadie!”. Lo que viene detrás no aparece en los libros de Historia, pero el pueblo lo conoce bien, y si alguna vez ese tipo de palabra estuvo bien dicha, fue en ese instante.
La Historia siguió su curso y el tirano cayó porque con gente como Almeida en su contra, no quedaba otro remedio. Y vimos al héroe en todas sus manifestaciones: padre, amigo incondicional, revolucionario entregado y artista. ¿Quién convence a un santiaguero, a un nativo de Tercer Frente, de que Almeida no era de aquí? No importa dónde haya nacido: para los santiagueros, fue uno de nosotros.
Era un hombre inolvidable. Y era un hombre que no olvidaba: a La Lupe le hizo otra canción, muchos años después. “(...) en tránsito de nuevo/ por México otra vez,/ quiero dejarte, Lupe,/ mi más bello recuerdo/ por haber sido tuyo/ también lo que yo amé”.

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