Revelando la Historia de Día de los Trabajadores: La tierra prometida (II)

Categoría: Historia
Escrito por MARIA DE JESUS CHAVEZ VILORIO
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claseobreraSentada frente a la página en blanco, no sé cómo encarar este trabajo. ¿Qué hace una humilde periodista recién graduada cuando tiene que escribir sobre una efeméride, y ese coloso que fue Martí ya la describió, con pelos y señales, cuando aún estaba el hecho “caliente”? Se resigna: lee, se siente más pequeña que nunca, aprende del Maestro, y procura no equivocarse.

Tengo ante mí las palabras del Apóstol, fechadas “Noviembre 13 de 1887” y publicadas en La Nación el 1ro de enero de 1888. Abre fuerte, como suele hacer, con unas ideas centrales, claras, concisas, con su modo de ver. Y luego de un largo punto y aparte, deja caer el hecho como una bomba: “En procesión solemne (…) acaban de ser llevados a la tumba los cuatro anarquistas que sentenció Chicago a la horca”.

Luego describe Martí la vida azarosa, compleja, terrible de los obreros en Estados Unidos. En cada palabra está la fuerza del hijo de un pueblo esclavo, que detesta cualquier forma de esclavitud, ante la visión de esta en un país que se precia de ser libre. La voz de un hombre sin más ataduras que las que se impone a sí mismo, que tendría el mundo como patria si quisiera, pero escoge la Patria con mayúscula; un hombre que entiende y respeta el deseo de libertad, el mismo que la define como el derecho del hombre a pensar y actuar sin hipocresía, denuncia la hipocresía de toda una sociedad.

Y entonces presenta a los personajes del drama real que narrará ante nuestros ojos, una historia de la que ya sabemos el final, y no es feliz. El americano Parsons, socialista; casado con una mestiza de india y española, Lucy Parsons: una mujer ardiente, que figura en el drama como personaje secundario. Spies, el director del “Arbeiter Zeitung”, que “escribía como desde la cámara de la muerte, con cierto frío de hueso: razonaba la anarquía”. Otro personaje dramático en su convicción se nos presenta aquí: Nina Van Zandt, la joven que se casa con él a pesar de la cárcel, a pesar de la condena a muerte. Engel, un anarquista menos frío, uno de los que quiere llevar a la práctica la lucha, que tachaba a Spies de tibio, que arengaba a tomar las armas y alzarse contra el opresor. Y menciona a Lingg, el joven hermoso de 22 años, que fabricaba bombas, y antes de someterse a la muerte deshonrosa de los condenados, explotó su cara con un cartucho de dinamita que traía escondido entre los rizos de su pelo.

Habla a continuación del movimiento anarquista en Estados Unidos, de estos personajes que no han sido precisamente amigos, de sus peleas y sus problemas. Luego pasa a los hechos de mayo de 1886, el papel de cada uno de los acusados. Cómo fue detenido cada uno luego. Y el juicio, que fue una farsa, y Martí se arriesga y lo denuncia, con todas sus letras: una farsa total, nada ha podido probarse. “Los testigos fueron los policías mismos, y cuatro anarquistas comprados, uno de ellos confeso de perjurio. Lingg mismo, cuyas bombas eran semejantes, como se vio por el casquete, a la de Haymarket, estaba, según el proceso, lejos de la catástrofe. Parsons, contento de su discurso, contemplaba la multitud desde una casa vecina”.

Sigue el Apóstol, implacable. “El perjuro fue quien dijo, y desdijo luego”, una sarta de mentiras, acusaciones más que directas: este encendió con sus propias manos la mecha, este tenía bombas en su despacho, aquel estuvo el día que se acordó todo… “Lo que sí se probó con prueba plena, fue que, según todos los testigos adversos, el que arrojó la bomba era un desconocido. Lo que sí sucedió fue que Parsons (…) se presentase un día espontáneamente en el tribunal a compartir la suerte de sus compañeros. Lo que sí estremece es la desdicha de la leal Nina Van Zandt, que prendada de la arrogante hermosura y dogma humanitario de Spies, (…) llevó a su reja día sobre día el consuelo de su amor, libros y flores; publicó con sus ahorros, para allegar recursos a la defensa, la autobiografía soberbia y breve de su desposado: y se fue a echar de rodillas a los pies del gobernador. Lo que sí pasma es la tempestuosa elocuencia de la mestiza Lucy Parsons, que paseó los Estados Unidos, aquí rechazada, allí silbada, allá presa, hoy seguida de obreros llorosos, mañana de campesinos que la echan como a bruja, después de catervas crueles de chicuelos”.

Pasa el tiempo. La prensa crucifica a los condenados, los trata “como a bestias dañinas”; los obreros piden clemencia, piden justicia, pero los políticos, asustados, no se atreven a darlas. Se revisa el proceso. Fielden y Schwab libran, Lingg se suicida. Entonces narra Martí, magistralmente, las despedidas. “La primera es la mujer de Fischer: (…) Lo esperó sin llorar: pero ¿saldrá viva de aquel abrazo espantoso? (…) Él la arrulla, le vierte miel en los oídos, la levanta contra su pecho, la besa en la boca, en el cuello, en la espalda. “¡Adiós!”: la aleja de sí, y se va a paso firme, con la cabeza baja y los brazos cruzados. (…) “¡Adiós, mi hijo!” dice tendiendo los brazos hacia él la madre de Spies, a quien sacan lejos del hijo ahogado, a rastras. “¡Oh, Nina, Nina!” exclama Spies apretando a su pecho por primera y última vez a la viuda que no fue nunca esposa: y al borde de la muerte se la ve florecer, temblar como la flor, deshojarse como la flor, en la dicha terrible de aquel beso adorado. (…) Y a Lucy Parsons no la dejaron decir adiós a su marido, porque lo pedía, abrazada a sus hijos, con el calor y la furia de las llamas”.

Entonces, los hechos dentro del corredor de la muerte: los sonidos de los reporteros, del telégrafo, las conversaciones de los verdugos, las reacciones de cada uno de los condenados hacia su destino. Y en un instante Engel empieza a declamar el poema El tejedor, de Heinrich Heine, himno para los obreros explotados de su época. “Muda lo había escuchado la cárcel entera, los unos como orando, los presos asomados a los barrotes, estremecidos los escritores y los alcaides, suspenso el telégrafo, Spies a medio sentar. Parsons de pie en su celda, con los brazos abiertos, como quien va a emprender el vuelo”.

Y llega la mañana de la ejecución. “Salen de sus celdas al pasadizo angosto: “¿Bien?” “¡Bien!”; Se dan la mano, sonríen, crecen. “¡Vamos!””. Llegan al cadalso, cada cual a su paso, cada cual con su propia personalidad. El público ha ido a ver la ejecución como quien va a un teatro, incluso se han puesto sillas. Martí describe los preparativos, y sus últimas palabras. Pero no los dejan terminar: “Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando”.

Dos días después, el entierro: “Chicago asombrado vio pasar tras las músicas fúnebres, (…) el ataúd de Spies, oculto bajo las coronas; el de Parsons, negro, con catorce artesanos atrás que cargaban presentes simbólicos de flores; el de Fischer, ornado con guirnalda colosal de lirio y clavellinas; los de Engel y Lingg, envueltos en banderas rojas, (…) y sociedades, gremios, vereins, orfeones, diputaciones, trescientas mujeres en masa, con crespón al brazo, seis mil obreros tristes y descubiertos que llevaban al pecho la rosa encarnada”.

Y lo que no cuenta el Apóstol: A finales de mayo de 1886 varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de 8 horas a cientos de miles de obreros. En 1893, un nuevo gobernador, John Atgeld, accedió a que se revisara el proceso. Entonces establecieron que los ahorcados no habían cometido ningún crimen y que habían sido “víctimas inocentes de un error judicial”. Schwab, Fielden y Neebe fueron puestos en libertad. La hermana del perjuro demostró que todo lo dicho por él era falso y cómo se había comprado su testimonio, y otros delitos semejantes. Pero ya era demasiado tarde. Los Mártires de Chicago estaban muertos, y el 1ro de mayo pasaría a la Historia.

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