Revelando la Historia del Día de los Trabajadores: Voces que cuentan (III)
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- Categoría: Historia
- Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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Desde la literatura, una voz perseguida
Emile Zola, novelista francés, fue criticado en su época por los burgueses, la clase alta y el clero, anonadados ante historias protagonizadas por la “vulgar masa” de los trabajadores. El paraíso de las damas, publicado en 1883, describía la vida cotidiana de las jóvenes dependientas de establecimientos comerciales en la gran ciudad: “tenían prohibido subir durante el día; los cuartos no eran para vivir, sino para pernoctar; sólo regresaban a estos por las noches, lo más tarde posible, y los dejaban a toda prisa a la mañana siguiente, aún medio dormidas (…) [tras] las trece horas de agotador trabajo que arrojaban a las jóvenes en las camas sin un suspiro”. Jóvenes que pasaban trece horas de pie, pues el solo hecho de sentarse era motivo de despido inmediato, y debían aguantar cualquier ofensa de la clientela o de los superiores.
“Aquella vida de perro apaleado”, cuenta Zola más adelante, “volvía malas a las mejores; y el triste desfile se repetía una y otra vez: a todas las consumía el oficio antes de cumplir los cuarenta; desaparecían, nadie volvía a saber nada de ellas: a muchas, tísicas o anémicas, las mataban las penalidades, el cansancio y el aire viciado; algunas acababan haciendo la calle; las más afortunadas se casaban y se enterraban en una tiendecilla, en cualquier ciudad de provincias”.
Uno de los protagonistas de la historia, el dueño, escogía a sus amantes entre las empleadas, quienes no disfrutaban el derecho a decir que no, pues su trabajo estaba en juego. Se aprovechaba así el rico burgués de las mismas jóvenes a las que vigilaba sin piedad en busca de la más mínima muestra de “comportamiento indecente”, que les valía el despido. Y aun así, cada cierto tiempo, “Llegaba el espanto de los despidos, de los licenciamientos en masa de los que echaba mano la dirección para aligerar de empleados los almacenes, que los calores de julio y agosto vaciaban de clientes (…) Cualquier pretexto le parecía bueno para echar a la gente. Se inventaba faltas, aprovechaba los más leves descuidos”.
Del mismo autor es Germinal, de 1885, que narra la vida de una muchedumbre de mineros, desposeídos de lo más básico. Familias enteras, desde niños hasta ancianos, conviviendo en barracones repletos; levantándose horas antes del amanecer y regresando a su hogar horas después de ponerse el sol. Todos sometidos a la desgastante y peligrosa jornada laboral de 15 horas por un salario insuficiente, con el fantasma del paro, el hambre y la muerte si se atrevían tan siquiera a levantar la voz. Sin pan ni justicia ni derecho, los mineros hacen huelga y son asfixiados por la policía, que llega incluso a matar a su líder.
Estas historias de la gente sin voz las contaba Zola, pero en la misma época en que ocurrían, la sociedad entera negaba y disfrazaba estos hechos, y se horrorizaba de verlos en papel, pues lo consideraba de mal gusto. A la sociedad nunca le ha gustado que le restrieguen en la cara sus errores, sus hipocresías. Tanto es así que Zola fue exiliado por defender a Alfred Dreyfus, acusado y condenado a cadena perpetua por espionaje sin pruebas, por el simple hecho de ser judío.
Yo acuso, el manifiesto que le costó el destierro, ganó la revisión del caso y la liberación de Dreyfus. Pero Zola sufrió amenazas de muerte y su fallecimiento en 1902 fue en circunstancias tan difíciles de entender, que en nuestros días se investiga seriamente su posible asesinato.
Desde el periodismo, una voz universal
En Estados Unidos, la tierra prometida para los trabajadores, la situación no pintaba demasiado diferente. Ahora cambiamos de voz y es Martí, nuestro Martí, quien elogiaba y respetaba al francés Zola, el que nos cuenta.
Evidentemente de parte de los trabajadores, advierte el Apóstol que no se debe juzgar una consecuencia sin estudiar a fondo las causas que la provocan. Habla de los inmigrantes europeos en Estados Unidos, que llegaron a una tierra con fama de generosa y justa y vieron un caos. “Júzganse como bestias acorraladas. Todo lo que va creciendo les parece que crece contra ellos. “Mi hija trabaja quince horas para ganar quince centavos.” “No he tenido trabajo este invierno porque pertenezco a una junta de obreros”. El juez los sentencia. La policía, con el orgullo de la levita de paño y la autoridad, temible en el hombre inculto, los aporrea y asesina. Tienen frío y hambre, viven en casas hediondas. ¡América es, pues, lo mismo que Europa!”.
Y no hay esperanza para ellos. Están arrinconados entre otros descendientes de inmigrantes (el pueblo estadounidense), que ven en los inmigrantes un peligro. Incluso hoy. Y ve Martí la desesperanza, y pregunta “¿Dónde hallará esa masa fatigada, que sufre cada día dolores crecientes, aquel divino estado de grandeza a que necesita ascender el pensador para domar la ira que la miseria innecesaria levanta? Todos los recursos que conciben, ya los han intentado”.
Así que se lanzan contra el enemigo que los oprime: “No comprenden que ellos son mera rueda del engrane social, y hay que cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje. El jabalí perseguido no oye la música del aire alegre ni el canto del universo, ni el andar grandioso de la fábrica cósmica: el jabalí clava las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el vientre de su perseguidor, y le vuelca el redaño”.
El Maestro defiende a los trabajadores porque “Donde los obreros enseñaron más la voluntad de mejorar su fortuna, más se enseñó por los que la emplean la decisión de resistirlos”. Son culpa de los capitalistas los sucesos de Chicago, pues “Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad para lo porvenir, a cierta holgura y limpieza para su casa, a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra, a una parte más equitativa en los productos del trabajo de que es factor indispensable, alguna hora de sol en que ayudar a su mujer a sembrar un rosal en el patio de la casa, a algún rincón para vivir que no sea un tugurio fétido donde, como en las ciudades de Nueva York, no se puede entrar sin bascas”.
Pero “cada vez que en alguna forma esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castigábanlos negándoles el trabajo que para ellos es la carne, el fuego y la luz; echábanles encima la policía, ganas siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida; mataba la policía a veces a algún osado que le resistía con piedras, o a algún niño; reducíanlos al fin por hambre a volver a su trabajo, con el alma torva, con la miseria enconada, con el decoro ofendido, rumiando venganza”.
Martí pide respeto para la clase obrera, por simple humanidad, y ve en la sociedad estadounidense el mismo mal que veía Emile Zola en Europa: la hipocresía social. El haz lo que yo digo y no lo que yo hago de los poderosos contra los eternamente aplastados.

