Era 7 de diciembre de 1896. Tropas españolas sorprenden al campamento mambí del Lugar Teniente General del Ejército Libertador, Antonio Maceo Grajales. En el combate, llamado luego “de San Pedro”, por su localización, cae mortalmente herido el Titán. Según su médico, una bala de máuser entró por su mandíbula y atravesó todo el camino, dañándole tan gravemente el cerebro que murió al instante. Posteriormente, un mar de versiones.
La controversia surge por una causa muy simple: nadie podía entender cómo, luego de sobrevivir a incontables batallas y múltiples heridas graves, Maceo hubiese caído en una batalla sin demasiada envergadura militar. En segundo lugar, las más de 40 versiones sobre el hecho proceden de testigos presenciales y fuentes fidedignas.
Entre las más polémicas, puede mencionarse la que señalaba al médico y gran amigo de Maceo, Dr. Máximo Zertucha, como espía español, traidor y verdadero asesino del General. Otras, cuestionaban el papel que verdaderamente tuviera Francisco (Panchito) Gómez Toro en el rescate del cuerpo, así como la real causa de su muerte. Además, la contradicción entre los testimoniantes sobre quiénes había rescatado, en efecto, el cadáver.
La historiografía actual concede más crédito a la extensa y detallada investigación del historiador Francisco Pérez Guzmán, quien en su libro La guerra en La Habana publicado en 1974, reconstruye paso a paso aquel lamentable suceso, partiendo del análisis del terreno, el conocimiento a fondo del carácter y las formas de actuar de los implicados, la documentación y la fría lógica. Las investigaciones actuales no se enfocan, por tanto, en desentrañar lo que pasó, si no, en estudiar las causas que motivaron tantas versiones, y las implicaciones que esto trajo.
En cuanto a esto, es reconocido el artículo de Antonio Álvarez Pitaluga, “La caída de un héroe y el secuestro de un mito”, publicado en la revista Honda en 2012. El autor, a través de un análisis de la famosa pintura de Mario García Menocal, “La muerte del General Antonio Maceo”, va desmenuzando la obra elemento a elemento, descubriendo errores históricos, algunos claramente intencionales. Por ejemplo, la localización de los personajes que aparecen rescatando el cadáver en la obra y que, según todas las versiones (menos las suyas propias, claro), andaban muy lejos de allí. Cosa que el investigador explica con una sencilla razón: estaban financiando el cuadro. La investigación sirve, por tanto, para desmentir los errores provocados por la pintura.
La historiadora Damaris Torres se enfocó en la relevancia del hecho a nivel internacional, especialmente en las figuras de dos intelectuales y políticos españoles que, en medio del regocijo que el hecho causó en la comunidad ibérica, supieron mantener una actitud digna ante la heroica muerte del héroe cubano.
Lídice Duany, por otra parte, halló y publicó el artículo publicado por el patriota Pérez Carbó en la revista Acción Ciudadana, donde admite haber divulgado la calumnia contra el médico de Maceo, para levantar un espíritu de combate que consideraba perdido. Por más cuestionable que fuese esta actitud, Pérez Carbó consideraba que sacrificar el honor e incluso, quizás, la vida de un solo hombre por salvar una revolución valía la pena.
Por último, destacar el trabajo del médico e historiador Ricardo Hodelín, publicado en la revista Caserón en 2016 bajo el título “Controversias actuales sobre el Dr. Máximo Zertucha, médico de Antonio Maceo”, demuestra mediante abundante evidencia documental la relación estrecha de amistad y confianza existente entre los dos patriotas, las pruebas del carácter del médico y otros elementos que limpian definitivamente su nombre ante la Historia.
Contrario a lo que enemigos y algunos patriotas llegaron a pensar, la guerra del ´95 fue capaz de seguir sin Antonio Maceo, como mismo había continuado sin José Martí. La razón era sencilla: no importaban los duros golpes que recibiera, la revolución estaba basada no en la fuerza o la ideología de un hombre, sino en la convicción profunda de un pueblo.