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Museo Abel Santamaría, donde se estremece la historia
- Detalles
- Categoría: Historia
- Escrito por Yamile C. Mateo Arañó
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Dicen que los museos son el alma de la nación, donde se preserva su historia y tradiciones por generaciones, pero existen algunos que estremecen, que remueven dentro de sí sentimientos sumergidos en un mar de angustias mezcladas con indignación.
¿Cuánto valor y juventud mezclada con sangre y dolor, cuántos ideales impregnados con un coraje que supera al desgarramiento de la carne y hasta de la propia vida?
Así es como se siente cuando recorres los pasillos del museo Abel Santamaría y en tu piel se reaviva la cubanía, el amor por los que cayeron un día defendiendo sus ideas y la ira por la injusticia despiadada.
Cristina Rodríguez Fernández era alumna de enfermería en 1953 y hacía las prácticas en el Hospital Saturnino Lora de aquel entonces. Fue testigo de los hechos de aquel 26 de julio, ella vive hoy en Holguín, específicamente en Mayarí, pero por vía telefónica rememora los sucesos:
“Se respiraba en la ciudad los aires del carnaval y casi al amanecer llegan unos jóvenes con uniformes amarillos. Ellos no aparentaban estar en algo tan serio, porque preguntaban por los locales, eran muy amables y conversadores. Siempre decían a las enfermeras que estábamos allí, -no se preocupen que esto se va acabar pronto, Batista está muerto, esto es la Revolución-.
“A mí me llamó la atención una caja de discos que habían dejado en el Cuerpo de Guardia con el Himno Invasor, el Último Aldabonazo… ellos decían que lo iban a poner cuando todo terminara.
“Nos cuidaban, no nos dejaban salir porque estaban tirando granadas en la entrada. Había un joven que dirigía al resto, arrubiado, ojos claros, bien parecido. En un momento me pidió agua muy cortésmente, después supe que era Abel.
Las dos mujeres
“Melba y Haydeé eran muchachas muy delgaditas, se quedaron en la sala de niños ayudando a la enfermera que estaba sola a darles la leche a los pequeños que algunos lloraban.
La de esta sala se llamaba Camelia Rodríguez, y fue la única de nosotras que después fue a juicio y la presionaron para que dijera que aquellas muchachas llegaron armadas y la amenazaron. Pero ella se negó porque lo único que había recibido era su ayuda y colaboración. Casi no la dejan graduarse, tuvimos que hacer huelga de hambre”.
“En el momento que hubo una explosión en la entrada del hospital que era de cristal, ellas ayudaron a bajar los tanques de oxígeno, a calmar a los pacientes, a acomodarlo todo. Por la ventana vimos que estábamos rodeados de soldados, todo fue muy rápido”.
Cuando llegan los guardias
“Muchos tenían su ropa de civil por debajo del uniforme, a otros los disfrazamos de enfermos, de acompañantes, pero los guardias batistianos empujaban las puertas, revisaban todo, nos ofendían, decían que éramos cómplices y los fueron sacando uno por uno a golpes en la cabeza, en la columna y los tiraban en un vehículo. Al doctor Mario Muñoz lo llevaron caminando y lo balearon por la espalda cerca del Cuartel.
“Llegábamos a pensar que era una sublevación de guardias contra guardias. Que era un levantamiento de los mismos soldados. Solo después que todo pasó entendimos, supimos de los juicios, los asesinatos.
“A nosotras no nos dejaron salir en una semana, nos registraban al entrar y salir del hospital. Los dormitorios estaban contiguos a la sala donde se realizaron los juicios, y nos tirábamos en el piso a escuchar y aunque sea ver los pies de los que estaban allí”.
La última visita de Cristina al museo fue este año y a pesar de sus 85 años, recuerda cada recodo como si fuese ayer, no podía ser diferente, ese día marcó su vida para siempre.
“Los rostros de esos jóvenes nunca los voy a olvidar. Yo estudié para sanar y saber que la mayoría fueron torturados vilmente me entristece a pesar del tiempo, antes los médicos estaban en sus casas fiestando y sólo iban al hospital si había algún caso de urgencia mientras pagaran la cuota, mientras tanto, quien estábamos a tiempo completo con los pacientes eran las enfermeras y las alumnas que ayudábamos en todo. Aquellos muchachos tenían sueños, ideales, ellos anhelaban una Revolución, y lo consiguieron”.
El hospital hoy
El museo se ubica en las ruinas del que fue el Hospital Saturnino Lora, en la calle Trinidad y Carretera Central. Tiene diez salas que fundamentalmente se vinculan con los hechos del Moncada, sin dejar de mencionar la historia del centro asistenciario, uno de los más grandes en ese momento en Santiago de Cuba.
La sala principal y de mayor atracción es donde se desarrolló el tercer y último juicio.
Las muestras expositivas de la entidad muestran el mobiliario de enfermería, instrumental médico y Libro Registro del antiguo Hospital Civil Saturnino Lora, donde están asentados los enfermos y tres combatientes que fueron heridos en la acción del Moncada. Contiene además paneles explicativos, objetos y fotos.
Tienen documentos relacionados con el asalto al Hospital Civil Saturnino Lora y los hechos ocurridos el 26 de julio de 1953, también muestran datos biográficos, fotos y pertenencias de Abel Santamaría y sus compañeros.
Igualmente paneles fotográficos que reflejan las condiciones económicas políticas y sociales que existían en la seudo República, que exponen los seis aspectos fundamentales planteados por Fidel Castro en el Programa del Moncada, como la Vivienda, el Desempleo, la Tierra, la Industria, la Salud y la Educación; además de valiosos documentos.
Se conserva la forma original de la habitación 8 de los Pensionistas, se caracterizaba por el pago de la misma, la alimentación y atención médica y el mobiliario particular de esta en su forma original. Ahí fue detenido el Doctor Mario Muñoz Monroy cuando prestaba asistencia médica a los heridos en la acción.
La antigua sala de las enfermeras también se preserva, la cual tiene un valor extraordinario, en esta fue juzgado Fidel Castro por los hechos del Moncada. Posee los muebles de la época y el ambiente original en que se celebró el juicio. Se expone en vitrina la Toga auténtica utilizada por el abogado y líder del Movimiento Revolucionario Fidel Castro al pronunciar su alegato de auto defensa conocido como La Historia me Absolverá.
“Este año, como casi siempre ocurre en esta etapa cercana al 26 de julio, fue reparada la instalación, no como la del 2013 que fue capital. En coordinación con el Conservador del la Ciudad, se remozó la fachada de la entrada y los pasillos exteriores, se reparó, además el desconchado de algunas de las paredes”. Explica Mónica López Durán, directora del ‘Abel Santamaría‘, también acotó que las puertas están abiertas para que todos los que quieran asistir en esta etapa veraniega a encontrarse con la historia.
Al decir también de la directiva, actualmente existen cosas novedosas, como el nuevo guión que se ha implementado, el diseño de los paneles que cambian de color según la temática, los nombres completos de los 32 hombres que fueron sancionados finalmente. “La gente sabe que el segundo nombre de Fidel es Alejandro y que lo usa incluso como seudónimo; pero se asombra al ver el Modesto de Raúl, por ejemplo.”
Sesenta y dos años han pasado desde los sucesos de aquella madrugada del 26 de julio donde los ideales y sueños se defendieron con sangre y dolor.
Sin lágrimas y firmeza, estos jóvenes marcaron un hito en la historia. Para los cubanos esta fecha es mucho más, el ejemplo y la actitud valerosa de aquellos jóvenes, impulsa a su pueblo cada año a preservar lo conquistado.

