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¡Gloria al Padre de la Patria!

Categoría: Historia
Escrito por Joel Mourlot Mercaderes
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guerra de independencia cuba2

Hasta el 10 de Octubre de 1868 los habitantes de la mayor de las Antillas no teníamos patria. Pertenecíamos, por fuerza del derecho de conquista, a España; pero casi cuatro siglos de abusos tan variados, como absurdos e insoportables, habían creado entre nosotros y “la Madre Patria” una brecha más vasta y profunda que el Atlántico mismo.

Definitivamente, no éramos españoles; mas lo que es una identidad propia, tampoco la teníamos, solo la base de lo que habría de ser: una geografía variada, hermosa, subyugante, y un pueblo heterogéneo que no había encontrado la ocasión ni el modo de hacerse un haz; con un puñado de tradiciones y anécdotas formidables a las que rendir culto, pero aún a la espera de la expresión de un ideal profundo, razonado y compartido de pueblo soberano. Faltaba, en resumen, aquella gesta continua de esfuerzos y sacrificios sin pares, con la que habría de erigirse el altar sagrado y común de todos los cubanos.
Por tanto, los acontecimientos alrededor del 10 de Octubre -desde la junta de El Rosario hasta los sucesivos alzamientos armados de octubre de 1868-, cuya expresión más cabal tuvo por sedes a La Demajagua y a Palmas Altas, representan mucho más que un inmenso gesto de bizarría y de patriotismo, simbolizan el nacimiento vigoroso de la Patria cubana. He ahí, pues, el primer mérito extraordinario de los protagonistas de esas fechas gloriosas y, especialmente, de Carlos Manuel de Céspedes y Castillo.
Era el destino que él se había impuesto, cual lo dijo en sus versos autobiográficos: “Soñé en reformas de hombres y costumbres/ Quise ser el Apóstol de la nueva/ Religión del trabajo y del ruido/ Y ya lanzado a la terrible prueba/ A un pueblo quise despertar dormido/ Y ponerlo en la senda con presteza/ De virtud, de la ciencia y la riqueza”.
Quiso realizar la obra como abogado, profesión que ejerció desde 1843 a 1868 -tras estudios en las universidades de La Habana y Barcelona. Lo intentó también desde otras esferas de hombre público; pero el despótico régimen no dio margen para llevar a cabo su ideal.
Buscó Céspedes, entonces, la única vía posible en la Isla: conspirar para hallar la forma de cambiar a Cuba. Lo hizo desde 1851, con sus hermanos Francisco Javier y Pedro María, y con otros amigos de Bayamo, Camagüey y otros sitios del país. Sufrió lo que, por entonces, eran las consecuencias naturales de esa forma de lucha; es decir, prisión y destierro: en San Luis y Palma Soriano; en Manzanillo, Baracoa y Santiago de Cuba. Pero las experiencias solo ayudaron a ahondar su ideal separatista y a ampliar sus nexos con muchos correligionarios, por lo cual, hacia 1865 –y aún desde antes- ya era un sólido referente para conjurados de otras partes de la Isla que ansiaban conexión con otros revolucionarios.
Nada casual, pues, que tras el fiasco de la Junta de Información de Madrid, en 1867, Carlos Manuel figurase entre los más notables enemigos del régimen; uno de los hombres a los que habría que acudir para poner en marcha la conspiración general iniciada en ese mismo año, y en la cual figuró desde sus inicios como uno de sus principales líderes.
Céspedes, carácter fuerte y temperamento impetuoso, no podía contemporizar con las vacilaciones ni las veleidades de los complotados, manifiestas en cada una de las juntas celebradas. Las fustigó con ímpetu, ganándose simpatías y antipatías; pero también, más importante aún, el respeto general al que siempre se hace acreedor el hombre honrado y de voluntad férrea.
Por eso, cuando contrarió a algunos –que juzgaron prematuro y desleal su heroico movimiento del 10 de Octubre-, la mayoría de los complotados-los más importantes entre ellos-, le dieron su respaldo y reconocimiento como líder superior e indiscutido.
A tal confianza, correspondió Carlos Manuel con la entereza de asumir ecuánime lo mismo un revés -cual fue el de Yara, el 11 de octubre-, que las victorias, como las de Barrancas y Bayamo; de afrontar una derrota mayor, como resultó la defensa de esta ciudad frente a Valmaseda, no con ayes de vencidos, sino con el reimpulso de las operaciones y el reordenamiento de la insurrección, a costa, incluso, de perder prerrogativas. Una actitud que, sumada a sus méritos contraídos, le valieron su elección como primer Presidente de la República de Cuba en Armas, magistratura que ejerció por algo más de 4 años y medio.
Con igual entereza afrontó su polémica destitución, en Bijagual, el
27 de octubre de 1873, y el injusto destierro y abandono que le hicieron padecer, y que, también, hizo más grave y profunda la disensión en el campo de la Revolución.
Crecido ante las incertidumbres, ante la bajeza y las adversidades, supo decir y hacer siempre lo justo, lo correcto. Así, no solo dio libertad a sus esclavos, sino que, cuando sus compañeros de lucha presionaban para mantener con maquillada forma el estatus de la esclavitud, y otros demandaban absolutamente lo contrario, no desesperó, y maniobró progresivamente hasta lograr la libertad plena, y mucho más: rubricó el ascenso continuado de numerosos representantes de la llamada clase de color, incluso a grados de jefes y oficiales superiores.
Es proverbial lo que dijo a sus hermanos apocados por una derrota ocasional y la dispersión completa: “Aún quedamos doce hombres para hacer la independencia de Cuba”. Y al prepotente gobernante que le ofreció la vida de su hijo Oscar (uno de los prisioneros de la expedición del Anna, en 1870), a cambio de que él cejara la lucha y saliera libre del país, también sabría darle Céspedes una respuesta desde la cima del decoro y del sacrificio: “Oscar no es mi único hijo; lo son todos los cubanos que han muerto por las libertades patrias.”
Desencantado por los rejuegos políticos imperiales del gobierno de Ulises Grant con respecto a la Isla y a su Revolución, termina por alertar a todos de los designios norteamericanos que “a lo que aspira es a apoderarse de Cuba”.
Desde la cumbre de la dignidad, asimismo, respondería con todo brío, revólver en mano, tiro a tiro, a quienes se afanaban en aprisionarlo, hasta que una bala interesó su corazón inmenso, e hizo inmortal al héroe de tantas primeras batallas, al caído con el honor de Padre de la Patria, y a quien rendirle homenaje, no cada año, sino cada día, es un acto de verdadera justicia.

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