Santiago de Cuba, / ISSN 1681-9969

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Madre de Cuba, Madre de la Patria

Mariana Grajales Coello

No hay ofensa a otras venerables cubanas, porque se reconozca en Mariana Grajales Cuello a la madre más extraordinaria de Cuba, en quien hay que distinguir –a la par que su fecundidad para alumbrar hombres y mujeres físicamente capaces- la insospechada pedagogía natural para formar en cada uno de sus vástagos héroes guerreros y civiles; hombres y mujeres insuperables en el valor para la acción bélica y en el ejercicio cotidiano de buen ciudadano, incluso en el ambiente diverso de la manigua redentora.


Matrona sin par, que pudo serlo en un hogar de 13 críos –descontada la más pequeña muerta todavía neonata-, con poca holgura económica, con sobradas limitaciones sociales y demasiados obstáculos en la mentalidad de la época.
Todos los hijos de Mariana –es lo primero que deberíamos distinguirle a esta formidable mujer- fueron, demostradamente, gente de bien. Defectos aparte, a casi todos -para no pecar de absolutos- les fueron comunes: la voluntad indoblegable, la persistencia racional -dos fuentes del carácter acerado del que siempre hicieron gala-, la honradez, la bondad sin flojera, la laboriosidad, la franqueza –ruda, muchas veces-, la decencia, el decoro, el deseo de superación, quizás en unos más que en otros, y, sobre todo, valentía hasta la temeridad, que los hacía capaces de garantizar el ejercicio de todas las otras virtudes, en cualquier circunstancia.
Pero si sorprendente es lograr tal cosecha en tan vasta prole, más lo es aún que lo hayan conseguido dos padres iletrados –como fueron ella y Marcos Maceo- y en una sociedad tan racista y discriminadora.
Solo un gran corazón y un arsenal de esa especie de “ciencia infusa”, asumida de la mejor tradición de crianza atinada, y puesta en función de su estirpe, pudieron lograr tamaña cosecha; una enseñanza en la que el amor se dio con reciedumbre, sin albergue para la molicie ni la permisividad, y donde abundó el buen ejemplo, “única forma de educar”, al decir de Einstein; en fin, pedagogía empírica, que ha dado demostración histórica de su elevada eficacia.
Otra grandeza de Mariana Grajales
Cuando lo más esclarecido de la población cubana resolvió poner término a la tiranía colonial en la isla, separar al país de España y alcanzar la soberanía, la abolición de la esclavitud y la libertad; en suma, cuando llegó la conspiración a los predios de Majaguabo, estuvo presente el mecenazgo de Mariana en el cumplimiento del deber de los hijos. Y cuando esa obligación creció y hubo reclamo de incorporar a los Maceo Grajales a aquellas fuerzas, Marcos determinó marchar al monte con toda la familia; pero, al instante en el que todos –menos los niños- daban el paso al frente, Mariana –con toda su elevada autoridad moral- paralizó la partida, entró a la casa, sacó un crucifijo de Cristo, mandó a poner de hinojos a Padre e hijos, para jurar por Cristo, “el primer hombre liberal que vino al mundo” hacer a Cuba libre, o morir en el intento; actitud que se me antoja comparable a la de las madres espartanas, al despedir a sus hijos con aquella exigencia de “Con el escudo, o sobre el escudo”.
Marchó ella misma, dispuesta a cumplir y hacer cumplir aquel resuelto juramento, y pasó casi diez años en el augusto, pero durísimo trashumante albergue: ya en el lomerío de Piloto Arriba, o en los elevados de Pinar Redondo; ora en los montes de Barigua o de Mícara; ora en las márgenes del Toa; lo mismo cultivando la tierra que curando y cuidando a los lesionados, incluidos todos sus hijos, con casi un centenar de heridas en conjunto, con las que hizo el más largo rosario para sus rezos y mayores demandas a su familia por la libertad de la patria.
En efecto, cuando el entonces teniente coronel Antonio Maceo, cayó gravemente herido en el abdomen, en 1870, que parecía morir, mandó a Julio, de 16 años de edad, a tomar las armas; a la muerte de Miguel, en 1874, tocó el turno a Tomás, también entonces de esa misma edad, y cuando, nuevamente Antonio, en 1876, casi expiraba, por múltiples heridas recibidas, mostró todo el temple de su carácter, al decir a las mujeres llorosas que cercaban el cuerpo del ya brigadier mambí: “¡Fuera de aquí!; ¡no aguanto lágrimas!...Llamen a Brioso [el médico de Antonio], y tú –dirigiéndose a Marcos, a la sazón con 16 años, también-: “¡Empínate!, que ya es hora de que te vayas al campamento.”
Aliento de sus hijos José y Rafael –así como también de otros muchos veteranos mambises de la primera campaña-, en Santiago de Cuba, los apoyó firmemente en los preparativos de la Guerra Chiquita (1879-1880); tiempo en el que ellos le exigieron –a sus 64 almanaques- marchar a Jamaica, santuario de buena parte de la emigración revolucionaria cubana.
Son los 14 o 15 años de su vida, en los que –señas que nos dan numerosas correspondencias de la época- se revelan más claros la ternura maternal de Mariana, el grande amor de sus hijos por ella y el respeto que le profesan sus compatriotas...
“Le incluyo una carta de su madre –le escribe el doctor José Mayner Ros a Antonio Maceo-, a quien le di la noticia de que Ud [...] estaba bueno y sano, y que ella, como toda madre, se llenó de gozo y de placer.”
“Mamá dice que le digas –señala Tomás, en carta a Antonio- si siempre [has] hallado la colocación que te ofrecieron.” “Mamá y familia te envían cariños”, le afirma Marcos, el hermano menor.
Le ocultan la muerte de Rafael, en 1882; los avatares de José, tras su primera fuga y su entrega por los ingleses a los españoles, y por cuya libertad clama a las autoridades del Reino al enterarse...
De su inmenso amor y preocupación por Mariana –que también lo manifestó por su padre-, igual dejaron constancia José y Antonio en varias epístolas, de una de las cuales hizo eco José Martí, al responderle a este último: “¡Qué elocuente carta me mandó Ud. sobre la querida viejecita! La he leído mucho.”
Los curtidos ex combatientes le recuerdan y saludan en comunicaciones a sus hijos, especialmente a Antonio: Calixto García; el general Paquito Borrero, y el amigo y luchador separatista Manuel Trujillo Bernal...
Martí, quien más caló en su alma el valor de la imagen y la significación de Mariana Grajales para Cuba, desde que la conoció en Kingston, en 1892, le expresaba a Antonio Maceo, un año después: “Ahora volveré a ver a una de las mujeres que más ha movido mi corazón: la madre de Ud.”
Y tanta es la admiración por esa mujer extraordinaria, que, en octubre de ese propio año –aún en vida Mariana-, afirma sobre el propio Antonio: “[...] pero Maceo es feliz, porque viene de león y de leona”; elogios que complementa con sus escritos tras la muerte de la matrona. Y así, a pocos días del deceso de Mariana, el 12 de diciembre de 1893, nuestro Héroe Nacional escribió en Patria: “Los cubanos todos [...] acudieron a su entierro, porque no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejecita querida, a esa viejecita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura [...] Patria en la corona que deja en la tumba de Mariana Maceo, pone una palabra: _¡Madre!”
Aún, en enero de 1894, escribió Martí en Patria: “¿qué, sino la unidad del alma cubana, hecha en la guerra, explica la ternura unánime y respetuosa, y los acentos de indudable emoción y gratitud con que cuantos tienen pluma y corazón han dado cuenta de la muerte de Mariana Grajales, la madre de los Maceo?” Y proseguía: “¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto?”
Antonio, a su vez, le respondió del siguiente modo: “Ella, la madre que acabo de perder, me honra con su memoria de virtuosa matrona, y confirma y aumenta mi deber de combatir por el ideal que era el altar de su consagración divina en este mundo [...] [Murió] cuando apenas podía oírsele hablar de las cosas de Cuba Libre, como ella decía, de la Revolución, con la ternura de su alma y el encanto maternal que produce lo que se amasó con tanta sangre generosa [...]”
Su inmenso amor a Cuba, los sacrificios hechos en pro de su libertad y el hecho –ya de por sí inigualable- de haber parido y formado 13 hijos mambises (11 varones y dos mujeres, 7 mártires y dos con graves impedimentas físicas por la guerra), hombres de la talla de los generales Antonio, José y Rafael Maceo Grajales, le dan méritos suficientes para justificar esa espontánea distinción con que el pueblo la ha evocado siempre: Madre de Cuba, Madre de la Patria.

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