Jorgito corre como queriendo abarcar con sus pequeños pies de infante todo el espacio del parque, sube a los bancos, recoge flores del suelo y se deja caer sobre la yerba de los jardines, tira piedras y descarga toda su imberbe energía en seguir el camino de las hormigas, pero al pasar frente al busto de bronce que se alza en la parte central, se queda tranquilo, sobre el pedestal una figura femenina lo mira fijamente y el niño le devuelve la mirada, ¿Quién es?- me pregunta-, y ¿Por qué está tan seria?.
La nombraron La Madre de los Maceo, La Madre de todos los cubanos, La Madre de la patria y Martí la llamó Mariana Maceo, es la mujer que más ha conmovido mi corazón. Aunque Mariana Grajales Cuello es una historia detrás de un ser, que brilla con luz propia en el glorioso umbral de Cuba, también fue un vientre fecundo, que sobrevivió al doloroso recuerdo de sus seres queridos, de los hijos que fueron un pedazo de su carne, sacrificada en el esforzado altar de las luchas por la libertad.
Mucho se ha escrito sobre Mariana, monumentos, poemas, libros, elegías, artículos, espacios de toda índole donde se le ha rendido merecido homenaje a la mujer más allá del mito, a la fémina que supo resistir aun cuando las fuerzas le flaqueaban a los robustos brazos que empuñaban los machetes.
La Madre de todos, fue grande, desde su nacimiento en Santiago de Cuba, un 12 de julio de 1815 y no solo porque gestara una pléyade de héroes, sino también porque educó a todos los que la rodeaban a que tomaran la senda que condujera a la consecución de la libertad de Cuba, sin descuidar por hostiles que fueran las condiciones, el ejemplo excepcional de conducta y valores apegados al bien y la virtud.
Ni un minuto de flaqueza hubo en sus diez años de insurrecta, viviendo en cuevas y otros parajes, siguiendo el ejemplo de sus antepasados cimarrones, cruzando ríos, subiendo montañas, bajo la lluvia o el sol ardiente, cuidando a todos, aconsejando, predicando con el ejemplo, con un cuerpo menudo capaz de llevarla hasta límites insospechados.
Su corazón de madre tembló más de una vez ante la idea de la muerte por heroica que fuese de seres tan queridos, pero en Mariana Grajales no cabían los sentimentalismos, sabía que la libertad de su tierra era una causa superior y siempre anteponía el patriotismo a esos sentimientos.
¿Qué había en esta mujer que la hacía tan extraordinaria, qué misterio había detrás de su humildad?, cuanta gloria en su vientre y rectitud en sus pasos, cuanto dolor por las eternas despedidas, para esta sublime exponente del llamado sexo débil, una Juana de Arco criolla que espero el fin de sus días el 27 de noviembre de 1893 a los 78 años, sonriendo en tierras jamaicanas, rodeada de varones, criando a sus nietos para que continuaran peleando por la libertad de Cuba.
A treinta años de su muerte, al anochecer del 23 de Marzo de 1923, sus restos mortales volvieron a su verdadero lugar, la tierra que abonó con la sangre de sus seres queridos y el sudor de su frente y en la tarde del día 24 fue conducida al cementerio Santa Ifigenia y depositada en la bóveda que se había construido temporalmente, presenciando el pueblo santiaguero el homenaje de dolor más grandioso que se haya tributado a patriota alguno en esta ciudad, hasta los funerales de nuestro invencible Fidel.
Actualmente sus restos descansan junto a los de Dominga Maceo y María Cabrales en el patio D del cementerio Santa Ifigenia, merecido homenaje a una mujer que hasta ante la presencia de la muerte se imponía con su extraordinario temperamento, uno de los símbolos más completos de la identidad cubana, de su carácter y su sentir.
Jorgito corre de nuevo, pero esta vez no tira piedras ni sigue el camino de las hormigas, solo se detiene para recoger las flores de los canteros y las agrupa una sobre otra a los pies del busto donde la figura de la fémina de bronce parece sonreírle, como si esa mirada impenetrable de metal le repitiera la historia de la mujer que más ha conmovido mi corazón.