Hay historias que parecen sacadas de la imaginación popular, esas que dejan sin aliento esperando a conocer el final, donde se forjan héroes de leyenda, que parecen casi imposibles de traer a la realidad, relatos como el que me dieron la oportunidad de plasmar en estas líneas y que comparto con ustedes.
Corrían los primeros compases del año 1868 y en la casa de los emigrados españoles de apellido Pavía, en la localidad holguinera de San Andrés, varias personas partidarias de la Metrópoli debatían sobre los aires de guerra que se cernían sobre el territorio cubano. Agazapado en un rincón el pequeño Miguel no movía ni un musculo y solo escuchaba, todo lo que allí se planificaba luego sería transmitido a los laborantes de la insurgencia.
Miguel Pavía Crespo, contaba en ese entonces con 12 años, nacido en San Andrés el día 29 de septiembre de 1856, era hijo de españoles, pero desde muy pequeño su corazón pertenecía a la tierra que lo vio nacer y lo hacía escuchar detrás de las cortinas las conversaciones que mantenía su progenitor con las autoridades peninsulares del lugar, para luego transmitirlas a los conspiradores por la independencia.
Su padre, hombre recto, ferviente seguidor de las ideas colonialistas de su madre España lo sorprendió un día en sus escuchas secretas, lo que provocó la fuga del joven patriota de su casa natal. En jornadas posteriores el señor Pavía pondría precio a la cabeza de su hijo, prometiendo pagar el peso de Miguel en oro al que se lo entregara muerto.
Siendo todavía un imberbe, Miguel se unió a las huestes mambisas en la guerra de 1868, participando primero como mensajero y luego como combatiente, condición que mantuvo en la Guerra Chiquita. Cuando estalla la Revolución de 1895 el joven mambí ya ostentaba los grados de Primer Teniente bajo las órdenes del Mayor General Antonio Maceo, a quien acompañó durante la invasión a Occidente, formando parte de las huestes mambisas el día que cayó en combate el legendario Titán.
Esta historia me fue referida por Lucía y Bienvenida Pavía Mora, hijas del héroe mambí y vecinas del municipio San Luis, quienes atesoran con orgullo el legado de su padre, del que aprendieron los valores y el apego por la verdad y la justicia que ha atesorado su familia por generaciones.
Las hijas del mambí dijeron que terminada la contienda del 95, Miguel regresó a San Andrés, donde se casó y tuvo 6 hijos, luego comenzó a trabajar en el antiguo Central Miranda, (hoy Mella) como jefe de guardacampos, donde tuvo un segundo matrimonio del que nacieron 9 hijos.
“Nuestro padre, a pesar de ser educado en una familia partidaria de España, siempre se identificó con su Patria y rechazó todo tipo de identificación con sus orígenes ibéricos porque consideraba que los españoles habían hecho demasiado daño en Cuba…
…nuestra familia se ha mantenido apegada a sus ideas. Nosotros aunque teníamos toda la documentación requerida no participamos en el proceso de obtención de la ciudadanía española a pesar de tener todo el derecho, eso hubiera sido faltarle a la memoria de nuestro padre que siempre vivió orgulloso de ser cubano y de luchar contra el colonialismo español, aunque tuviera que ir en contra de los que le dieron la vida”
La fructífera existencia del mambí Miguel Pavía pasó el umbral de los 100 años y está enterrado actualmente en el Panteón de Veteranos del cementerio San Felipe de San Luis.
En el Museo municipal 29 de Abril se exhibe el machete paraguayo que empuñara por la causa libertaria y la familia conserva la escopeta calibre 16 que lo acompañó en la campaña invasora.